Es el capitalismo, estúpidos.


Queridos muchachos y muchachas: me duelen los ojos de veros envueltos en banderas nacionales. Os he visto por televisión en Barcelona arropados con la estelada; os he visto por las calles de Sevilla con la roja y gualda. Creéis que os sientan bien y transitáis despreocupados, alegres, sosteniendo unos y otros con un nudo al cuello el patriótico atuendo. Os recuerdo por si no estuvisteis atentos en clase que, de la misma manera, una juventud alegre y orgullosa de serlo, la giovinezza, fue el motor de los movimientos fascistas en la Europa de comienzos del siglo XX. No se envolvían entonces en banderas pero sí en camisas pardas, azules o negras, qué más da. La inmensa mayoría de ellos murieron en guerras mundiales, en colonias lejanas o en guerras civiles sin saber muy bien por qué y mucho menos para qué.

Os lo voy a explicar. La nación, tal y como os la han enseñado vuestros mayores, es una invención, un artefacto cultural que dicen los eruditos, un cuento chino, como se dice en mi pueblo. Un cocktail fabricado por algunos listillos en la segunda mitad del siglo XIX y alimentado desde entonces  sobre una base de peculiaridades lingüísticas, culturales, étnicas, folklóricas que habían existido siempre en España sin ser dañinas, a las que se añadieron chorritos de victimismo, búsqueda de un enemigo ficticio al que odiar y culpar de todos los males –el moro, el obrero, el emigrante, el refugiado- ,  xenofobia, darwinismo social, etc., y todo ello adobado con un relato histórico amañado. Todo eso bien agitado da como resultado un producto místico que va encauzado a la toma del poder político y a la extracción de rentas económicas por parte  de la panda de listillos que inventaron la fórmula y de sus clientes habituales. La digestión que hacéis del brebaje es sencilla porque no pasa por la cabeza sino por las vísceras.

Si existen distintas naciones en España no es porque vosotros, estelados y rojigualdos, tengáis una “unidad de destino en lo universal” como decía Franco, sino porque desde hace muchos siglos conviven en el territorio distintos modelos productivos, variedades distintas de capitalismo con sus propias estrategias de acumulación de capital y sus propias arquitecturas institucionales, uno de cuyos elementos puede ser, o no, la construcción de una nación. Por ejemplo, el capitalismo catalán necesita crear una nación privada, el capitalismo andaluz, no.

Queridos estelados: si hacemos un recorrido rápido por la historia de vuestra nación catalana,  veremos que sus grandes momentos históricos han estado guiados por las gentes del comercio, la pequeña o gran burguesía agraria, mercantil o industrial.  Ha sido una trayectoria bastante oportunista, por cierto. En función del momento que atravesaba sus bolsillos, a veces se han sentido muy españoles y a veces rabiosamente catalanes.  Pongamos algunos ejemplos. Decía el historiador catalán Josep Fontana que la elección de los catalanes por el bando austracista en la guerra de sucesión en 1700, y con ello su derrota en 1714 y el nacimiento de la madre de todos los victimismos, se debió a la decisión de la burguesía mercantil que prefería, antes que a Francia, tener de aliados a Inglaterra y Holanda, naciones donde se compartía una misma visión de los negocios.

La dinastía Borbón permitió sin embargo que la burguesía catalana hiciera grandes negocios tanto con la ocupación de los mercados interiores como exteriores. Interiores reclamando de España sucesivos aranceles proteccionistas o reclamando tropas españolas para aniquilar a otros catalanes como los carlistas o los anarquistas.  Exteriores porque desde que se les abre la oportunidad de acceder a los mercados reservados latinoamericanos en 1778 y especialmente  Cuba, navieros que transportaban mercancías catalanas y tropas como el marqués de Comillas o traficantes de esclavos como Güell, hicieron rica la ciudad de Barcelona. Los grandes palacios y sus catedrales se levantaron con sangre de los esclavos en las zafras y de los soldados  españoles que fueron a defender el negocio. Los voluntarios catalanes que embarcaban para impedir la independencia de Cuba gritaban ¡Visca Espanya!

Fue con la independencia de Cuba en 1898 cuando principia el nacionalismo catalán actual y la bandera cuatribarrada con el triangulo estrellado a imitación de la bandera de los independentistas cubanos. En esa época a la burguesía catalana solo les quedó el mercado interior, y más que nunca necesitaron llamar la atención e influir en las decisiones del Estado español.  El problema era que el Estado ya estaba ocupado por quienes habían inventado la nación española con anterioridad;  el grupo de los First Comers, les podemos llamar: los espadones militares, los eclesiásticos, las oligarquías terratenientes y cortesanas. Siendo un Late Comer la burguesía catalana solo podía compensar su debilidad de recién llegado al mercado nacional construyendo un relato identitario que interesaba a un capitalismo generalizado pero liliputiense que decía Pierre Vilar, sumando a un pueblo detrás de la  bandera de la laboriosidad y del emprendimiento, azuzando el fantasma del separatismo si no se atendía sus peticiones; eso fue lo que hizo de forma comedida Cambó y más recientemente Pujol.

Hoy, una parte del capitalismo catalán, el que exporta, tiene la imperiosa necesidad de soltar el lastre España que perjudica la competitividad en mercados globales. Las muletas del Estado dejaron de ser útiles desde la entrada en la Unión Europea;  dejaba de tener sentido un catalanismo pactista que costaba un dinero para mantener al despreciable y perezoso andaluz. Por eso el lema “¡España nos roba!” hizo arquear las cejas a vuestros padres y, aunque después se haya demostrado falso, ha servido para formar la legión independentista de la que formáis parte junto a tenderos, campesinos foralistas, izquierdistas desnortados y gentes hartas de recortes y privaciones; en suma de la legión que se necesitaba para iniciar una nueva etapa del capitalismo catalán.

Queridos rojigualdos. La bandera en la que os envolvéis nace como símbolo del Estado en 1843; son los años que siguen a la primera gran desamortización eclesiástica, la que hizo a tantos propietarios latifundistas; son los años también en los que se crea la Guardia Civil, las Academias Militares, se hace el concordato con la Iglesia y se construye un relato nacional  que resume Menéndez y Pelayo al definir España como “una nación de teólogos armados”. No le había dado un siroco. Era el tipo de nación que necesitaba un capitalismo altamente extractivo para, con el pretexto de la  disidencia religiosa o patriótica, machacar cualquier protesta tendente a una más justa distribución de la propiedad y de la riqueza. Por eso, en nombre de la bandera rojigualda, se invaden los campos en huelga, se tortura en los cuartelillos, se provoca el alzamiento contra la República y se asesina a mansalva durante muchos años incluso después de la guerra civil.

Hoy la bandera del Estado ya no tiene el yugo y la flecha, sino el escudo constitucional. El escudo de un Estado que sigue ocupado por viejas corporaciones y minorías extractivas a las que se han sumado, los partidos políticos, la corporación bancaria, las empresas del IBEX 35 que usan las puertas giratorias con la clase política para escribir el bonito libro que se titula Boletín Oficial del Estado. Un Estado que, después de muchos siglos, sigue sin estar interesado en resolver la causa fundamental de los problemas que hoy nos preocupa: la coexistencia de distintos modelos de capitalismo en España, unos que estimulan el progreso y el bienestar, y otros que funcionan como colonias interiores. Comprenderéis que mucha gente no vea con simpatía la bandera española aunque se le haya cambiado el sello.

En fin, queridos estúpidos (no es un insulto, significa faltos de conocimiento); si vais a los barrios obreros de Barcelona o de Sevilla notaréis que el furor nacionalista no existe o está muy apaciguado. Intuyen allí que detrás de las banderas solo existe el apartheid.  Espero que hayáis aprendido algo; si es así, enseñad a vuestros padres.

 Por Carlos ARENAS POSADAS
Debates en Campo Abierto
https://encampoabierto.com/2017/10/07/es-el-capitalismo-estupidos/

Del voto al juramento


En la crisis catalana se puede afirmar la existencia de una coincidencia en los elementos primarios del voto y del juramento. El núcleo esencial de ambas instituciones: un pacto sagrado −que están en la base de la política de Occidente− habita en su centro, bien sea en su manifestación laica, bien en su manifestación religiosa. Pero a pesar de la coincidencia, existen diferencias entre ambas instituciones: la naturaleza absoluta y la imposibilidad de abjurar del juramento y la naturaleza democrática y reversible del voto.

Esta identidad que existe entre uno y otro, entre voto y juramento, nos muestra hasta que punto la crisis catalana ha deformado el voto, hasta convertirlo en juramento. Al ser el juramento un lenguaje que se realiza en los hechos, la correspondencia que hasta ahora existía entre palabras y actos propia del voto en democracia, la fuerza de los hechos la ha trasladado al juramento. Los partidarios de la independencia serían así los garantes de la palabra. Y sus palabras juramentos conformados. Creían que tenían la capacidad de convertir en hechos todo lo que decían. Bajo estas premisas actuaron en las votaciones que de los días 6 y 7 en el Parlament de Catalunya. El juramento se convirtió en la crisis catalana –como decía Licurgo− en «lo que mantiene unida la democracia». Véase la votación del llamado referéndum del 1-O.  Y los acontecimientos ponen de manifiesto que la dirección del procés está siendo la propia de juramentados que buscan el martirio, como esfuerzo y obligación (sagrada) en el camino a la independencia. Depositaron su fe en Ella a cambio de su protección, garantía y apoyo.

Tras estos acontecimientos el pacto sagrado que encierra la votación ha degenerado en un pacto mágico-religioso, en un fetiche, que se agita para invocar la independencia. Es el agente de la operación mágica. El voto así emitido no responde a los valores sociales que lo identifican como elemento de expresión de voluntad democrática. Se asemeja más a una  cosa vacía de sentido, más cercana a un símbolo algebraico privado de significado, susceptible de recibir cualquier interpretación: en este caso la de ser un dispositivo apto para «generar conflicto y desconexión forzosa», según el plan independentista. Este voto es la enfermedad del voto, un puro mecanismo de agi-pro.

Y la actuación del gobierno está más próxima a la práctica de un exorcismo con el que se quiere expulsar, sacar o apartar la entidad maligna de España: la crisis catalana, que de una acción política que posibilite la resolución de un conflicto −de orden político, no de orden público− que posee un amplio elenco de actuaciones: desde la negociación y el diálogo entre las partes, a la aplicación del artículo 155 de la Constitución.

El Gobierno de España y Govern de Cataluña revelan con sus actos que han renunciado a proceder como animales políticos, para ser prototipos del homini religiosus. Esta concepción mágico−religiosa que se advierte en el conflicto catalán desvela un aspecto que es común a las dos partes del conflicto: su arcaísmo. Como los romanos, ambas partes parecen creer que lo sagrado sigue siendo parte del derecho. Este rasgo evidencia que la separación entre lo religioso y lo político es aún incompleta en España. Puede resultar controvertido el grado en que se encuentra presente lo arcaico en cada parte, pero no la existencia del fantasma. Este espectro nos ha hecho hasta ahora residentes perpetuos de la «franja de la ultra-historia» y nos ha mantenido siempre a un paso del inframundo del Hades y de la violencia que W. Benjamín llamaba «divina».

Las masas ya han sido sacadas a la calle. Se están usando como elementos de presión: así se usaron cuando fueron convocadas ante el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, cuando se concentraron ante los lugares de residencia de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, cuando se usaron para expulsar a estas fuerzas de seguridad de algunos municipios catalanes. Y se usarán como contramuros frente al Parlament de Catalunya para impedir que se produzca una marcha atrás en la declaración de independencia y ante el Tribunal Superior de Justicia para condicionar la acción de éste hacia una dirección determinada. En la fase actual del conflicto el juramento ha desbordado al voto.

El Liber differentiarum de Isidoro nos dice que la diferencia entre ley y Evangelio,  es que «en la ley está la letra, en el Evangelio la gracia […] la primera ha sido dada para la transgresión, la segunda para la justificación; […] en la ley se observan los mandamientos, en la plenitud del Evangelio se consuman las promesas.» Este texto leído en clave profana, y en clave de voto y juramento, ayuda a esclarecer el espíritu que late en la crisis catalana. Cataluña como laboratorio político del resto de España, anuncia con su crisis el tránsito de la democracia a la Nación. Eso significa la conversión del voto en juramento.


Paco Soler
http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2017/10/10/del-voto-al-juramento/

El tiempo que resta


Cada vez que la derecha ve que se le escapa el tiempo, detiene la historia. El tiempo se le escapó a la derecha española al plantear un recurso contra el Estatuto de Autonomía de Cataluña ante el Tribunal Constitucional. Y a la derecha catalana al aprobar en el Parlamento de Cataluña las leyes de referéndum y transitoriedad, con las que activó el bucle creación/salvación. La derecha española ha detenido otra vez la historia con un uso desproporcionado de la fuerza en Cataluña, en alianza con una derecha catalana irresponsable que se ha instalado en una declaración unilateral de independencia estrambótica y estrafalaria. Sin mayoría, sin ley. El estado de cosas y la escalada del conflicto pide analizar la situación desde la perspectiva de una teología política secular, para desvelar sin filtros ni velos la gravedad de la situación.

El acontecimiento catalán irrumpe en clave mesiánica. Quien proclama la excepción no es aquí la autoridad vigente, sino quien viene a subvertir su poder. El tiempo se ha detenido. Los frenos de mano han sido activados. ¿Volverán a rehacerse las comunidades mesiánicas? ¿Habrá «repliegue de lo religioso en lo profano»? La última aceleración interna de este tiempo, el de la Constitución de 1978, ya detenido, es la declaración de vigencia del tiempo mesiánico. Éste ya ha sido sancionado por el Rey, que ordenó el cumplimiento y la consumación integral de la ley: es la «responsabilidad de los legítimos poderes del Estado asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones», ante el intento de «quebrar la unidad de España y la soberanía nacional». Hay visto bueno de la Unión Europea y de los poderes económicos americano y europeo. Véanse las declaraciones del Vicepresidente primero de la Unión Europea Franz Timmermans y los editoriales de los diarios Wall Street, Financial Times, Le Monde y Liberation. Todas las decisiones están tomadas ya. ¿Nos encontramos otra vez en el umbral de una cruzada entre ángeles y profetas? El ejército ha comenzado a desplazar efectivos –logísticos, por ahora− a Cataluña.

El choque será entre la fuerza de los hecho y el peso de la ley, sin que quede espacio para la fuerza de la razón. Cataluña y España ya han activado el modo comunidad mesiánica que reclama salvación: unos declarando la independencia de la España antidemocrática, franquista, con las masas en la calle; los otros invocando protección contra la massa contaminada del pecado original, que quiere romper la «Nación». Todo el foco está sobre Cataluña, pero en el resto de España también están pasando cosas. Las juras de bandera civiles, sus juramentos, y el compromiso de apoyo a la seguridad y la defensa de España. Comienzan a asomar banderas de España en los balcones. Manifestaciones en defensa de la unidad. El malestar y el agravio que empieza a aflorar en el resto del país. Mucha gente está harta de lo que consideran el chantaje catalán. Todavía no se ha cruzado la línea de no retorno. Hay una ocasión más, una última oportunidad todavía, para alcanzar algún tipo de entendimiento. ¡Aprovéchenla!

Si los independentistas habían demostrado haber leído a Maquiavelo, el anuncio de la declaración unilateral de independencia (DUI) denota que no han leído a Tzun Su. Han calculado mal la repercusión que tendría una declaración unilateral de independencia en una Europa plagada de tensiones territoriales latentes. Y no supieron ver que la independencia de Cataluña generaba un conflicto más allá de las fronteras de España, pues «si se permitiera a una región ejercer unilateralmente, en un contexto de estado de derecho, el derecho a la autodeterminación», ésta señalaría al resto de regiones europeas que quisieran ejercer dicho derecho el camino para poner fin a «la inviolabilidad de fronteras establecidas a precio de sangre» (Diario Liberation). No se han dado cuenta, o no han querido ver, que una declaración unilateral de independencia atenta contra uno de los pilares de la Unión Europea: «el imperio de la ley». El Vicepresidente primero de la Unión Europea ha enviado un ultimátum a Puigdemont: «Si la ley no te da lo que quieres, te puedes oponer o trabajar para cambiarla, pero no se debe ignorar». Y ha añadido: a veces imponer la supremacía de la ley requiere «el uso proporcionado de la fuerza.» Los independentistas no han medido las repercusiones exteriores de su incitación a los ciudadanos a la desobediencia a las fuerzas de seguridad del estado, su apoyo una huelga general, su petición de retirada de las «fuerzas de ocupación» de Cataluña, la expulsión de la fuerzas de seguridad del Estado de algunos municipios a instancias de las instituciones locales, la total ausencia de garantías del referéndum, la vulneración de todas las leyes.

Ante la soledad internacional Puigdemont busca, desesperado, la mediación del Arzobispo de Barcelona y del Abad de Montserrat. Está derrotado y lo sabe, pero su  opción es redoblar el desafío. El Gobierno de Rajoy sólo está sostenido por el respaldo de la Unión Europea, como ultima barrera para evitar el contagio de una epidemia secesionista en otros países europeos. Rajoy sólo es el mal menor, el dique de contención. Sea cual sea el desenlace, la gripe se extenderá por Europa. El camino lo ha marcado Cataluña. España ha quedado desacreditada en Europa por la gestión de la crisis catalana y por la actuación de las instituciones catalanas. Ningún partido político está a la altura del desafío histórico al que nos enfrentamos. Costará que Europa vuelva a confiar en nosotros.

«Cuando Dios creó a los ángeles –reza un hadith− estos alzaron la cabeza al cielo y preguntaron: “Señor, ¿con quién estás?”. El respondió: “Estoy con aquel que es víctima de una injusticia, hasta que su derecho sea restablecido”.» Hoy este restablecimiento será por la ley.

Paco Soler
http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2017/10/04/el-tiempo-que-resta/

No en nuestro nombre


En 1799, Francisco de Goya pintó este aguafuerte dentro de la serie “caprichos” en el que nos venía a decir como el pueblo soportaba el peso (y algo más) de los dos jamelgos que constituían por entonces los poderes constituidos: la monarquía y su aparato aristocrático y militar, y la Iglesia. Han pasado de aquello más de dos siglos; en el ínterin un Estado fallido no ha podido ni querido domar a aquellos ni a otros nuevos jamelgos que se han unido al olor del pesebre. Los nuevos jumentos son las oligarquías empresariales, centrales y periféricas, que han hecho del Estado, que debió ser de todos, su particular proveedor de alfalfa. Mientras ha habido pitanza para viejas y nuevas acémilas, cada una ha montado sobre el esforzado pueblo español a golpe de sus respectivas mitologías nacionalistas.

El problema se inicia y se desarrolla cuando a partir de la entrada en el Mercado Común y en la Unión Europea, a rebufo de la globalización, nuevos y más agresivos garañones entran en juego. El Estado ya no provee en la misma medida o elige al burro mejor dotado, y nuestros particulares jumentos entran a la greña, espoleando a sus cabalgaduras para que odien, dentelleen, pateen y a ser posible liquiden en nombre de la supremacía nacional que invoca cada uno de los jinetes.

En esa estamos; nuestros jumentos nos espolean para que volvamos al campo de batalla. Esto hay que pararlo. Hay que descabalgar a las bestias para que el pueblo tome de una vez por todas las riendas de su destino y ponga a los animales debajo, donde tienen que estar. Las clases políticas hablan de diálogo pero no hay día en que se no oigan voces de uno y otro lado que incitan al odio. Nos va la vida en desenmascarar a los farsantes esencialistas que nos espolean en uno y en otro lado. Desde la nación republicana de hombres y mujeres libres de jumentos, hay que gritarles: ¡Parad bestias! ¡No en nuestro nombre!

“A mis amigos catalanes”
Carlos ARENAS POSADAS
 https://encampoabierto.com/2017/10/04/no-en-nuestro-nombre/ 

Choque de trenes


1. Ayer el gobierno de Mariano Rajoy sirvió en bandeja la imagen que el Govern lleva buscando desde hace 6 años, una imagen de Estado represor e irreformable, para de esa manera continuar en dirección a la independencia. La no actuación en la mayor parte de los casos de los Mossos por orden de Trapero provocó la salida de la Guardia Civil y los nacionales que acabó en varias cargas policiales con múltiples heridos y una imagen bochornosa a nivel nacional e internacional del gobierno de Rajoy.

2. Los datos del supuesto referéndum son los siguientes: 2.262.424 total de participación (42% del censo); 2.020.144 el 90% del voto y un 37,8% del censo, el sí; el 10% restante es no y blancos y nulos (176.666 votos el no, un 7% del total del voto,el 0,89% de los votos han sido nulos y en blanco, el 2% del total de votos).
Junts pel sí tuvo en las autonómicas del 2015, 1.628.714 votos, y la CUP, 337.794 votos. Casi esos mismos dos millones del sí de ayer.
Es cierto que hubo unos 400 colegios cerrados y cargas policiales o choques con la policía en 30. Eso provocó que numerosas personas tuvieran que cambiar de colegio para votar. Debido a la falta de control, donde un número indeterminado de personas votó varias veces, estos cambios de mesas electorales, y las urnas incautadas por la policía no permite saber con certeza los votos reales ni los que se perdieron. La cifra que da el Govern de 770.000 redondos parece más un intento de llegar al 55% de votos para dar algo de legitimidad a la votación que una realidad.
Como dato curioso los policías ni actuaron en Badalona, ciudad del ex-alcalde Albiol que pretende recuperar, ni el los barrios ricos de Barcelona (como Sant Gervasi o Sarrià), con lo que parece que la represión sí entiende de clases sociales.

3. El Govern ha insinuado que tras este resultado "a la búlgara" va a continuar con el procéss para ir directamente a una declaración de independencia a las bravas y de ahí a unas elecciones constituyentes.

4. En mi opinión es el peor escenario posible ya que el gobierno del PP, y no nos equivoquemos, de ningún país, aceptaría una declaración unilateral de independencia que ni siquiera cuenta con la mitad del apoyo del país y en contra de la otra mitad. No tendría apoyo internacional y sin reconocimiento internacional no hay acceso al crédito, etc., lo que complicaría su existencia y hundiría la región en el caos y a España en la crisis económica. En una lógica de acción-reacción continuaría la lógica frentista que solo tendría dos ganadores, el nacionalismo insolidario catalán y el nacional-catolicismo español. JxSi esperaría reforzarse e ir acercándose en votos a la masa crítica para poder irse y el PP esperaría rentabilizar en votos este conflicto. Las víctimas seremos el resto. Empezando por los ciudadanos y acabando por la izquierda que quedará aplastada (como ya lo está siendo) a esta lógica donde no tiene nada que decir.

5. Unidos Podemos y En Comú han dado legitimidad a este remate final del proceso poniéndose de perfil, o directamente buscando el regate corto para intentar derribar al gobierno del PP. En mi opinión se han (nos hemos) equivocado. Coscubiela marcó el camino pero no le siguieron. En Cataluña se ha estado más preocupado de mantener la cohesión de la minoría independentista en los partidos (y en algunos casos no tan minoritaria, como en EUIA) y no se ha sabido tener una respuesta contundente al asunto ni una propuesta alternativa más allá de la política espectáculo. Con la declaración unilateral que planea el Govern nos vamos a un escenario donde el referéndum y votar ya pasó y entramos en otra lógica mucho más demencial.

6. Las únicas soluciones que yo veo aquí son, no son excluyentes, desalojar a Rajoy y abrir el melón constitucional, o sentar en la mesa de negociaciones a ambas partes. El problema es que la declaración unilateral imposibilita el diálogo y aboca a Cataluña a elecciones anticipadas con una más que probable aplicación del artículo 155.

Un desastre sin paliativos con difícil solución…

Pedro González de Molina

Poder y soberanía en Cataluña


«Un poder superior es aquél que configura el futuro del otro, y no aquel que lo bloquea. (…) Sin hacer  ningún ejercicio de poder, el soberano toma sitio en el alma del otro», dice Buyng-Chul Han. A esta descripción de la lógica del poder se ajusta en gran medida la actuación del Govern de la Generalitat. Consigue de esta manera neutralizar la voluntad de acción de aquellos que no son partidarios de la independencia y muestra que quiere ampliar la libertad. Con ello está motivando a la acción a sus partidarios. Y está claro que el Govern, a diferencia del Gobierno del Estado, está siguiendo los consejos que Maquiavelo dio al Príncipe de aunar libertad, astucia y razón, como método político para neutralizar los condicionamientos y alcanzar los objetivos. En este artículo (continuación de análisis anteriores sobre soberanía, ley y democracia en Cataluña) examinaré las lógicas y los significados que tienen algunos de los actos que está realizando tanto el Gobierno del Estado como el Govern de la Generalitat.

Comenzaré analizando algunas intervenciones del Gobierno del Estado. En una de ellas el Presidente Rajoy pidió a los dirigentes catalanes que reflexionaran y volvieran «a la racionalidad y a la legalidad». En otra advirtió al President de la Generalitat que nada bueno se podía producir con su actuación. Estas intrusiones nos transportan al pasaje bíblico del proceso de Jesús de Nazaret en el que Pilato le dice: «¿No sabes que puedo liberarte o hacer que te crucifiquen?» (Mt 27,17). Este pasaje bíblico refleja con toda exactitud el concepto del derecho a decidir que reconoce el Gobierno. Con estas intervenciones el Presidente no está proyectando la fortaleza del poder del Estado, sólo trasluce su debilidad. Estas advertencias junto a la admonición que el Ministro del Interior hizo al President de la Generalitat en la Junta de Seguridad muestran la voluntad de vencer, pero además son la notificación oficial, pública y personal de un posible empleo de la fuerza de continuar por el camino emprendido. A esta forma de notificación el Derecho le reconoce el efecto de dejar constancia −escrita y firmada− del requerimiento efectuado al destinatario y de su recepción por el mismo.

El Presidente del Gobierno, persistiendo en su autismo político, llamó a los catalanes, días después, a aceptar formar parte de las mesas electorales. Esta exhortación −prosiguiendo con la alegoría del proceso a Jesús de Nazaret− equivale al lavado de manos de Pilato que relata la Biblia (Mt 27,24). Es un yo lo avisé, allá ustedes. Es la hipócrita escrupulosidad con la que Rajoy y el PP creen purificarse ante un eventual recurso a la fuerza. Pero estas palabras no se pueden desligar de la pasividad que ha mostrado el Gobierno del PP respecto a Cataluña durante años. Y la respuesta dada por el President Puigdemont a las advertencias de que el referéndum no se celebrará, ha sido como la que la multitud/pueblo dio a Pilato tras eximirse éste de la responsabilidad por la muerte de Jesús: «¡Nosotros y nuestros hijos cargaremos con su muerte!» (Mt 27,25). Esa respuesta es un aquí estamos los catalanes.

El segundo de los hechos que quiero analizar es el uso que el Govern de la Generalitat ha realizado de la movilización de la gente: ocupación de espacios públicos, −como los colegios−; las colas que han pedido que se formen desde temprano el 1-O –a cuya visualización contribuye la reducción del número de colegios electorales, al margen que se pueda votar o no−; las manifestaciones; la convocatoria de huelga general. En general este uso me parece elaborado e inteligente. En todas ellas existe un elemento común: la aclamación, en forma de cántico de lemas, levantamiento de manos, aplausos. Estas expresiones tienen una importancia más allá del simple gesto. En el Imperio Romano en los comicios electorales la aclamación podía sustituir a las votaciones de los individuos. Y Rousseau decía que la aclamación, el grito de aprobación o rechazo de la masa reunida, era la verdadera democracia.

Esta es la importancia que tiene la movilización promovida desde el Govern. Si la votación finalmente no se puede realizar con normalidad 1-O el significado simbólico de la aclamación tendrá sentido político. Y sus promotores podrán reclamarlo y hacerlo valer. Carl Schmitt decía que la aclamación era «la expresión pura e inmediata del pueblo como poder democrático constituyente.» Le otorgaba una función constitutiva, que ahora puede ser usada como fuente de voluntad constituyente. Es sobre ella que los partidarios de la independencia, en última instancia, pretenden alumbrar la nueva República de Cataluña. De ahí la apelación continuada del Govern a la necesidad de una presencia masiva de gente en las calles el día de la votación y a la movilización que se están pidiendo y a la que se anima desde las asociaciones independentistas. Igual sentido tiene la huelga general convocada a partir del 2-O por cuatro sindicatos minoritarios catalanes. Quiero pensar que es este, y no la pura coerción de la ley, el motivo que tiene el Gobierno del Estado para impedir a toda costa la votación el 1-O.

El conflicto catalán contrapone dos mundos: «el de los hechos y el de las verdades», que se enfrentan de manera inmediata y, no se si también, de modo inconciliable: el de la nueva realidad catalana creada y el de la verdad eterna de la «Nación». En él se mezcla también lo «humano y lo divino». El pacto con la Independencia es «Yo te libraré y tú me glorificas». A partir de este momento la pregunta que Pilato hizo a Jesús: ¿No hay ninguna verdad sobre la Tierra?, cada uno deberá responderla, objetarla o rebatirla. ¿Continuaremos en la conllevancia, inauguraremos un nuevo pacto para todos o emprenderemos caminos separados?

Paco Soler
 http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2017/10/01/poder-soberania-cataluna/

Soberanía y democracia en Cataluña


«Una cabeza, un voto», que es un principio esencial de la democracia, está en conflicto con «una mentira, un voto» y también entra en colisión con «un show, un voto», dice Paolo Flores d’Arcais en «Democracia». La campaña por la independencia de Cataluña (ya hemos hablado aquí  y allá sobre el asunto) está sustentada en mentiras: no se trata de independencia, sino de democracia; Cataluña no saldrá de la Unión Europea; derecho a decidir; volem votar. Casi todos los actores han montado su propio show. Si el 61% de los catalanes no otorga validez a la consulta, ¿es democracia el referéndum del 1-O?

La argumentación lógica sobre la que se apoya la soberanía del ciudadano, es un deber recíproco de todos para con todos. Cuando ésta es sustituida por la mentira, dejamos en el camino parte de la dignidad que nos caracteriza como personas. Si la verdad no domina la vida pública además se niega a los ciudadanos la posibilidad de formarse una opinión autónoma y a efectuar una elección libre. La mentira en política es de por sí una «usurpación de soberanía». La campaña en favor de la independencia de Cataluña está plagada de falsedades y presenta una paradoja: se roba a los ciudadanos soberanía de elección para que decidan sobre su soberanía política. La democracia se ha convertido en Cataluña en una ficción con un guión que dice que ésta está movilizada: votaciones sin garantías, manifestaciones, escraches a instituciones, a partidos políticos contrarios a la independencia. Esta es la nueva liturgia.

Cataluña no saldrá de Europa tras la independencia dicen, a pesar de los desmentidos realizados por las autoridades de la Unión Europea. Esta mentira es repetida de manera incansable. Es un mantra que se presenta como una opinión, sustentada en la creencia subjetiva que finalmente esta circunstancia no se producirá. La mentira  es convertida en una opinión lícita y defendible. Y el hecho incuestionable: Cataluña no sería miembro de la Unión Europea en caso de independencia, queda degradado a mera opinión. La dicotomía verdadero/falso desaparece del debate público y es sustituida por un enfrentamiento entre opiniones simuladamente verdaderas. La falsa información ennoblecida en opinión se hace pasar por sentido común. ¿Cui prodest, a quién aprovecha?

Cuando en una elección —política o refrendaria— la verdad es falseada, sustituida y endulzada por un continuum de hechos verdaderos, simulación narrativa y efectos publicitarios, el principio «una cabeza, un voto» es sustituido por la posverdad: verdad alternativa o mentira emotiva repetida sin complejo en la que  los hechos son ignorados. En ésta la regla es: «una falacia, un voto». El uso obsceno, impúdico, deshonesto, de la palabra −la demagogia posverdadera−, reemplaza la voluntad de los ciudadanos por la voluntad de los demagogos. En estas circunstancias el ciudadano no decide, porque otros ya lo han hecho por él. Él sólo cree, aplaude, combate. Es una masa maleable y moldeable. Y el debate público se convierte en una prueba de pulsiones, emociones y malestares. El voto así no expresa voluntades autónomas, sino que es una simple herramienta de contable para que cuadre el balance que se quiere presentar. Es la amputación del voto. Se trata de vencer no de con-vencer. Mientras tanto unos siguen exaltando la bandera, la patria y la Constitución, a través de las juras de bandera para civiles, como la del fin de semana pasado en Girona, o la que se ha pedido hacer en Madrid. Otros juegan a llamar a la huelga general tras el referéndum. Y otros ponen sobre la mesa una declaración unilateral de independencia. Cada uno a lo suyo que el interés general es de todos.

En este escenario hablar de presos políticos, de fuerzas de ocupación, de medidas represoras o de intervención encubierta de la Generalitat, como hace cierta izquierda, en vez de fiscalizar la actuación del Gobierno ante cualquier exceso y exigir al Govern de la Generalitat la vuelta a la legalidad, es olvidar o desconocer que la ley es expresión de la voluntad de los ciudadanos. Y se quiera o no, con esta posición se debilita la capacidad del Estado para defenderse frente ataques ilegales.

Esta posición de la izquierda la ha llevado a renunciar a su coherencia democrática, sin darse cuenta que con ella abandona su compromiso de «devolver a los ciudadanos su fragmento de soberanía y la certeza de la legalidad». Olvida también las palabras que pronunció en el Parlamento de Cataluña ante el atropello que constituyó la aprobación de las leyes de referéndum y transitoriedad. Ella que debería ser, y ser reconocida, como el «guardián intratable de la democracia», remplaza el respeto por la verdad de los hechos, el no consentimiento de la desigualdad ante la ley que significa la ruptura de la legalidad y la argumentación lógica en el debate, por la mentira. ¿Cálculo interesado o miopía? En cualquier caso se trata de una oportunidad perdida para virar hacia una «democracia tomada en serio».

La crisis catalana está poniendo de manifiesto, hoy más que nunca, que la democracia corre el riesgo de no significar ya nada en España. ¿Quién defiende la democracia?

Paco Soler 
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