Una Constitución para el siglo XXI

La política del siglo XXI demanda un nuevo consenso marco que capte nuestro tiempo, para sobre él refundar los restantes pactos. Vivimos en un «escenario posnatural» −de la mano de la hiperglobalización y la hiperconectividad− que a golpe de calor y de sequía pide que los acuerdos políticos y sociales vigentes se transformen en un contrato posmaterial. En un acuerdo de sostenibilidad ambiental. Más allá de los necesarios debates sobre la reforma de la Constitución Española, nada se ha dicho en ellos sobre a este aspecto. Nadie ha alzado su voz reclamando la introducción en el texto constitucional de normas para afrontar los retos de este siglo. Y si nadie lo hace no dispondremos de una Constitución para el siglo XXI.

Para comprender la necesidad de esta metamorfosis, hay que tomar como punto de partida el hecho indudable que la especie humana se ha convertido en una fuerza geológica. Su influencia sobre el medio ambiente es de tal alcance y magnitud que la Tierra está «moviéndose hacia un estado diferente»: la era del antropoceno. Esta expresión quiere reflejar el impacto de la masiva influencia del ser humano sobre los sistemas biofísicos planetarios. Su efecto más visible es el cambio climático. Pero no es el único. También se incluyen en esta categoría eventos como: «la disminución de la superficie de selva virgen, la urbanización, la agricultura industrial, las actividades mineras, las infraestructuras de transporte, la pérdida de biodiversidad, la modificación genética de organismos o la hibridación creciente».  Pero los nuevos retos no se pueden afrontar con las viejas recetas.

Es preciso, por tanto, generar un consenso ecológico, que debe ser trasladado a la reforma de la Constitución que se hubiera de aprobar, para desde él refundar los pactos políticos, sociales y territoriales existentes, a fin de legitimar la política para este tiempo. Nuevo consenso que debe tener como propósito la superación de los dos siglos de civilización industrial causantes de la oposición entre las «fuerzas productivas» y las «fuerzas de la naturaleza», que amenaza con destruirlo todo. Las tres fuerzas que hoy existen sobre el planeta: Naturaleza, ser humano y tecnología, han formado dos bloques antagónicos. La unión de dos de ellas: el ser humano y la tecnología han hecho nacer una economía cuyo metabolismo planetario es la mayor fuerza geológica existente. La tercera es la Naturaleza como fue descrita por Lovelock: una entidad viviente capaz de transformar la atmósfera del planeta para adecuarla a sus necesidades globales, dotada de facultades y poderes que exceden con mucho a los que poseen sus partes constitutivas –Gaia−. ¿Puede entonces hablar el ser humano de soberanía o sólo debe hablar de autonomía?

En el siglo XXI la acción política se desarrollará en un mundo diferente del actual. En este tiempo nuevo convivirán «grandes potencias mundiales, interdependencia globalizada y poderosas redes privadas» con una crisis ecológica y civilizatoria. En este mundo de «cadenas de suministro»: urbano, móvil, saturado de tecnología, además de descifrar «la geopolítica», será necesario no perder de vista «la geoeconomía»: en esta hipereconomía las «megainfraestructuras de conexión (nuevas tuberías, cables, ferrocarriles y canales) y la conectividad digital (que posibilita nuevas formas de comunidad)» salvan las fronteras naturales y atraviesan las fronteras políticas. Importa «menos quien posee (o reclama) el territorio que quien lo utiliza (o administra)». Lo que constituye una reconfiguración del Estado. En un mundo diferente las constituciones deben pasar de ser un instrumento de ordenación interna del sistema de atribución de derechos y distribución del poder, como hasta ahora, a actuar también como un dispositivo de ordenación de las relaciones del ser humano con la Naturaleza dentro de los límites que nos impone el planeta, juntamente con instrumentos internacionales y supranacionales.

Para que esta nueva constitución pueda ver la luz, será necesario incorporar en la Constitución Española de 1978 herramientas de simple geografía –como las biorregiones− que permitan modular desde el poder público la interacción entre demografía, política, ecología y tecnología, junto a los mecanismos de geografía política tradicionales ya recogidos en ella para la defensa de los derechos y la distribución del poder: tanto horizontalmente –Corona, Gobierno, Cortes Generales y Poder Judicial− como verticalmente –Comunidades Autónomas, Provincias y Municipios, u otras formas de distribución que en el futuro se puedan adoptar. La incorporación de las biorregiones a la Constitución Española es una forma de introducir en la política la complejidad y sutilidad de la Naturaleza, de la que el ejercicio del poder no puede ser ajeno. Las biorregiones califican la sostenibilidad ambiental dándole dirección y sentido, además de establecer límites al uso del territorio, de los recursos y a ideas que hasta ahora eran pensadas como absolutas: soberanía, territorio, nacionalismo, supremacía militar, en tanto que la importancia estratégica en el mundo de hoy recae no en el territorio o en la población de los Estados, sino en la «conectividad (física, económica y digital) con los flujos de recursos, capital, datos talento y otros activos» que éstos desarrollen.

El cambio que se ha de operar para gobernar el mundo dentro de la Naturaleza no ha de venir ni de la revolución, ni de la evolución. Es necesaria una metamorfosis. Un cambio de estado. Los seres humanos hemos de admitir el hecho que el Planeta es nuestra patria. Que somos ciudadanos de la Tierra. Y este es un hecho político, no de administración –de recursos−. Realizar este cambio no exige ignorar lo conseguido hasta ahora por el ser humano, pero si requiere saber que este logro sólo es una parte de lo que somos. Dicho de otro modo: la historia humana sólo es una pequeña parte de la historia del planeta. Esta comprensión es el umbral para la adquisición de una conciencia de especie, que reemplace a la conciencia de clase. Desde esta perspectiva las categorías políticas adquieren otro significado.

Un ejemplo de este cambio del significado categorial lo podemos ver en el Preámbulo de la Constitución. En él se hace mención a la Nación Española, a los pueblos de España, a la cultura, a establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien, a usar nuestra soberanía, a la convivencia democrática, a un orden económico y social justo, a asegurar el imperio de la ley, a asegurar a todos una digna calidad de vida y a establecer una sociedad democrática avanzada. Es evidente, manifiesto y palmario que el antropoceno y los acontecimientos a él ligados –como la crisis climática− han renovado estos conceptos, tanto en el alcance como en el discernimiento que de los mismos teníamos hasta ahora. Esto implica la necesidad de redefinir y adaptar las categorías políticas a la realidad del siglo XXI; e introducir en la Constitución la variable ecológica y la intergeneracional, a través de normas o reglas que delimiten el marco de la actividad humana.

Hemos, por tanto, dejar de vivir replegados en el mundo y comenzar a habitar el planeta. Es ineludible que abordemos y acometamos la preservación del planeta del «entramado de infraestructuras de transporte, de energía y comunicaciones entre todas las personas y los recursos del mundo» antes que el planeta sea destruido. Si las constituciones han de continuar siendo reconocidas como la norma suprema de los Estados, y en particular la Constitución Española, la tarea de protección más importante que tendrán en el siglo XXI ha de ser la conservación del planeta.


Francisco Soler
http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2017/12/06/una-constitucion-siglo-xxi/

De tauromaquias y territorialidades


Queridos hermanos y hermanas en el Señor. Parece que Dios nos ha dado los millennials por la drogaína que consumimos en los 70. Porque si no no se entiende.

Ya van varios textos en los que se opone España-taurina a Cataluña-no taurina. Esto no solo es falaz, sino que también es mendaz.

Cataluña en general y Barcelona en particular siempre, hasta hace muy poco tiempo, han sido taurinísimas. Tanto la afición barcelonesa como la plaza Monumental han disputado secularmente la primacía a las aficiones de Madrid, Sevilla y (¡oh, sí! La verdad jode pero curte) Bilbao. La plétora de toreros catalanes es larga, incluido aquel Mario Cabré que nació y murió en la ciudad condal, cuya leyenda fuera de los ruedos es tan jugosa como la de dentro. Pero también es larga la plétora de empresarios, ganaderías y promotores que han tenido su origen en Cataluña o Valencia.

En todos los territorios catalanohablantes hay tradición taurina documentada desde antes de la época romana. Aún hoy es difícil erradicar toros ensogados, correbous, embolados y otros espectáculos taurinos de los pueblos de todo el litoral catalanoparlante.

De modo que la oposición toros-España no toros-Cataluña, además de ser falsa es intencionadamente difundida como una marca de diferenciación cultural/étnica, afición y costumbre de los nacionalismos de toda laya a la hora de crear su propio paraíso y los infiernos ajenos.

Por cierto: una de las primeras y más destacadas antitaurinas fue Isabel I de Castilla (la de tanto monta con Fernando el Católico).

Conmigo, queridos, no cuela..


Juvenal García

Un texto herético

El Acuerdo de París: ¿un texto herético?
 
 
Sólo nos queda un dios −la crisis climática− ¡y queremos matarlo! Tras el Acuerdo de París la historia del ser humano ya no volverá a ser determinada «desde arriba». Nuestra suerte debería quedar fijada desde abajo, «por la acción infrahumana de las glándulas, genes y átomos». ¿Seremos capaces? Con este acuerdo los seres humanos dicen querer realinear lo real, lo simbólico y lo imaginario; o sea, lo físico, lo político y lo social. La entropía, la sostenibilidad y el crecimiento, sin embargo, testifican en su contra y dan cuenta de la capacidad del ser humano para imponer fantasías escritas sobre la realidad, la crisis climática en este caso. A pesar del éxito diplomático del Acuerdo de París, éste hace concordar los deseos con la realidad sólo porque éstos forzaron a la realidad a hacerlo.

El Acuerdo de París es presentado como un dogma de fe climática. Salvífico. Pero no es el acontecimiento mesiánico que nos librará de la crisis climática que se había anunciado. Es un momento más, como tantos otros, que participa de la lógica histórica capitalista sin interrumpirla. A pesar de las proclamas que contiene, no se hace mención en él a la descarbonización de la economía. En sustitución de ella se habla de «emisiones neutras». Un eufemismo que es un artificio de compensación de las emisiones con procesos de reabsorción de CO2, una apuesta por el uso masivo de sumideros de carbono: reforestación, geoingeniería y almacenamiento de CO2. Una solución técnocrática. El Acuerdo de París evidencia que «el mercado es más fuerte que la moralidad y [piensa que] el poderío de la técnica está muy por encima del de la naturaleza». Véase como las cumbres climáticas son patrocinadas por empresas: la COP23, que se está celebrando en Bonn, por la firma automovilística BMW y la empresa de paquetería y logística DHL, la cumbre de París por la automovilística Nissan y el gigante Ikea, o la de Marrakech por el BNP-Paribas, banco financiador de grandes proyectos de extracción minera. Greenwashing empresarial. El Acuerdo de París, −parafraseando a Antígona− se aparta de la ley ancestral –la de la Naturaleza− para reescribir la ley humana sobre arena con pintura verde. Hemos de continuar trabajando, a pesar de todo, para cambiar las insuficiencias de París. Nos lo jugamos todo.

El cumplimiento de las recomendaciones emanadas de los informes del panel de expertos de la ONU no garantiza que no se produzca el escenario de cambio climático que se quiere impedir. Ello se debe a que las conclusiones de sus informes toman como guía el límite de lo indudable. Ellos sólo contienen los cálculos más conservadores de los resultados obtenidos tras un proceso de negociación política sobre los que existe un consenso generalizado, pues los actores políticos intervinientes, preventivamente, rechazan cualquier obligación y evitan el imperativo de actuar que pudiera resultar de los análisis. Pero el acuerdo se vende a los ciudadanos como justo y ambicioso. Como dice la Agencia de Medio Ambiente de la ONU: los compromisos de reducción presentados por los países firmantes son insuficientes para alcanzar el objetivo de no sobrepasar en más de 1,5ºC la temperatura de la época preindustrial. La realidad es destructora y puede ser más destructiva. A pesar de ello, la Cumbre de Bonn, la COP 23, será un compás de espera hasta la de Katowice, en 2018, donde se deberían adoptar medidas concretas en la lucha contra el cambio climático. Seguimos retrasando la adopción de medidas eficaces. Eso significa una transición energética más abrupta.

El texto resultante de la Cumbre de París, en consecuencia, puede ser calificado como herético. Resulta llamativo que un acuerdo que se presenta como un dogma −científico y político−, no sea tal, sino que sea la plasmación de creencias individuales –económicas e ideológicas− fruto de la presión de los intereses económicos sobre el consenso científico más ambicioso. Su resultado es un texto débil y vacuo, que convierte la posibilidad de atajar el cambio climático en una cuestión de fe. La «búsqueda moderna del poder», que es una alianza entre progreso científico y crecimiento económico, ignora la variable ecológica de toda actividad humana.

La postergación de la puesta en marcha de los objetivos que se contempla el Acuerdo de París hasta 2030, incluso a la segunda mitad del siglo XXI,  pasa la patata caliente de reducción de emisiones y de desaceleración del crecimiento a la generación siguiente, mientras los beneficios políticos de parecer que se toman medidas de sostenibilidad medioambiental son cosechados por los actuales gobiernos. El trabajo duro se traspasa a las generaciones futuras.

Para la asociación ecologista Amigos de la Tierra con este acuerdo «se está engañando a la gente.» No existen compromisos de reducción ni calendarios de obligado cumplimiento. ¿Y si no se consiguiera detener el calentamiento global? Los políticos tendrán la excusa del acuerdo intentado y los ingenieros podrán construir Arcas de Noé tecnológicas para la casta superior. Ya existen arcas. La Escuela Internacional de Beijing ha construido una cúpula protectora de la contaminación sobre las pistas de tenis y campos de deportes, para proteger a los hijos de los diplomáticos extranjeros y de la clase alta china. También lo han hecho otras escuelas. ¿Se puede repetir este modelo en caso de un cambio climático fuera de control? ¿Cómo se protegería al resto de la población en ese caso? ¿Acogeríamos a masas de refugiados? ¿Es el Acuerdo de París la coartada para la fabricación de esas Arcas de Noé para superricos? ¿Es 2050 la fecha límite en la cuál deberían estar construidas las Arcas, como nos contó, en la ficción, la película ‘2012’? El panel de expertos de la ONU señala que en este momento la temperatura media mundial ya ha sobrepasado en 0,9ºC la temperatura preindustrial. Aunque expertos como Ed Hawkins, del Centro Nacional de Ciencias Atmosféricas de la Universidad de Reading, Reino Unido, dicen que ya habríamos superado el temido umbral de los 1,5ºC, que establece el acuerdo sobre cambio climático de París.

El Acuerdo de París es una bula que purifica y limpia el capitalismo. En coherencia no contempla la imposición de pena de excomunión para la negación o las desviaciones del dogma climático. Subraya el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) que si se cumplieran los compromisos voluntarios que se anunciaron por más de 180 países para reducir las emisiones en la capital francesa, solo se lograría un tercio de los recortes necesarios para estabilizar el clima. La comunidad científica nos reitera que eso significaría que el aumento de  las temperaturas sería de entre 3 y 4 grados. «Todo el mundo sabe que es necesario avanzar más, pero nadie dará el paso formal hasta que haya un documento que lo pida de forma explícita».

Creer que para superar la crisis climática es posible no establecer una estrategia de reconstrucción social, que no politice los conceptos ideológicos y/o teóricos  que han generado y legitimado las acciones y procesos que han dado lugar al cambio climático, es una blasfemia que aproxima a una solución tecnocrática. Concierne a la sociedad asegurar que las promesas del Acuerdo de París se cumplen. Y le toca  reclamar el fortalecimiento de las acciones nacionales. Una muestra de acciones de ese tipo es la incorporación a las Constituciones nacionales del objetivo climático que establece el Acuerdo de París, a fin de dotar de vinculación jurídica a los acuerdos de reducción de emisiones de los países firmantes, que ahora son una mera declaración de intenciones. ¿O es que la apuesta es por una solución autoritaria?

Y como apostasía puede ser calificada la decisión del Presidente de los EE.UU. de apartar a dicho país del Acuerdo de París. ¿Quién va a cubrir su cuota de reducción? Con el acuerdo climático las posiciones oscilan entre la apostasía y la blasfemia. Fluctúan entre la negación del dogma climático y la ofensa contra la majestad de la Naturaleza, al desplegar una solución simbólica que no interrumpe el presente de barbarie económica que imponemos al medio ambiente. Con él no se ha restaurado la sacralidad del hombre ni de la Naturaleza, sólo se han santificado sus cuerpos para continuar la explotación.

Como bien dice el presidente de la Asamblea de Naciones Unidas para el Medio Ambiente: «nos enfrentamos a una dura elección, nuestra ambición o sufrir las consecuencias». ¿Puede el demos, en este caso, elegir por mayoría seguir en la vía de la inacción y del consumo insostenible y obligar a quienes no han optado por ella a las consecuencias de un cambio climático sin control? ¿Podemos condenar a las generaciones futuras a una distopía? ¿Tiene la democracia un límite en este caso?


Francisco Soler
http://mas.laopiniondemalaga.es/blog/barra-verde/2017/11/11/acuerdo-paris-texto-heretico/

Días de rebelión y rosas

Viendo cómo se está desarrollando la crisis catalana, se observa que la misma está instalada en la lógica de la economía arcaica según la cual «cuanto más violencia, más poder». ¿Cómo explicar si no el cerco a instalaciones oficiales, el intento de expulsión de fuerzas de seguridad del Estado, la violencia del 1-O ó los autos de prisión al Govern? Ninguna de las dos partes de este conflicto es inocente. Para ambas el juego sólo tiene un tipo de envite: el órdago. Juegan con todo lo que tienen. Al primero que le tiemblen las piernas pierde. En este conflicto el Gobierno usa el poder ortopédico: porras, cárcel, y el poder disciplinario: artículo 155. Y el Govern hace una utilización «astuta» de su poder —que como todo poder conlleva implícita la violencia— y traslada la violencia a un objeto sustitutorio: el pueblo, que actúa como un pararrayos. Sobre él es sobre quien recaen los sacrificios. Estos días han sido días de rebelión y rosas. ¿Cómo fueron las rosas? Como una piedra, no como una flor.

¿Qué diferencia hay en la violencia de cada parte? El Gobierno utiliza una violencia «proteica»: porras, tribunales, cárcel; el Govern: la psíquica o psicológica, en «espacios subcomunicativos, capilares y neuronales», dando la sensación que ha prescindido de la violencia, pero sin hacerlo. Es el juego arcaico de la violencia y la contraviolencia como único modo de respuesta. La violencia del independentismo es la violencia de una lengua hiriente, que para el resto de españoles resulta difamadora, desacreditadora, desatenta: España nos roba; extranjeros, iros a vuestro pueblo. La violencia del Estado es la violencia del castigo, que los independentistas denuncian como la violencia de la venganza. Una cosa creía que habíamos aceptado ya: no volver a ese lugar. El peligro de la crisis catalana es que el rebrote del nacionalismo nos haga regresar a un estado tribal, arcaico. Y en ese caso el jefe en esa tribu es la bandera, que es un habla de la sociedad sobre si misma, a través de la cual la sociedad se reconoce como indivisible. Así planteado este conflicto sólo habrá vencidos. El pueblo será la víctima.

Básicamente cada parte ha jugado con las armas que disponía: con la astucia, el Govern: un ejemplo es la treta del gobierno en el exilio; con el poder disciplinario y el miedo, el Gobierno. Rajoy ha enfrentando a Cataluña a su miedo: a la ruina del orden económico. La estrategia independentista de prolongar el conflicto para dañar la economía y las finanzas de Madrid se vuelve contra ellos: es un arma con el cañón acodado que hace impactar el disparo en su propio cuerpo: la huida de empresas va por más de 2.000; el coste económico estimado, de esta crisis para Cataluña, en 2018, será de 1.500 millones de euros. Y si la crisis se prolonga alcanzará los 6.000 millones, según cálculos a la baja. Las empresas dicen: aunque me llames no te oiré, y aunque te oiga no me giraré, y aunque hiciera ese movimiento imposible, tu rostro me parecería ajeno (W. Szymborska).

¿Ha existido la violencia que exige el Código Penal en la crisis catalana? Esa que dicen que no existe. Pensar que en el siglo XXI la violencia que exige este delito sólo puede ser física, es regresar a las sociedades de la sangre de la antigüedad. Es tanto como afirmar que los conflictos sólo se pueden resolver con el uso de la violencia física, a pesar que esta violencia ha dejado de ser parte de la «comunicación política». La violencia se ha desplazado «de lo visible a lo invisible; de lo directo a lo discreto; de lo físico a lo psíquico; de lo frontal a lo viral.» En la modernidad la violencia toma forma psíquica, psicológica, interior. Se ha hecho astuta.

Al no estar acotada explícitamente a la violencia física que se exige en  el Código Penal para el delito de rebelión, al aparecer indeterminado el tipo de violencia en la norma, es necesario determinar las modalidades de violencia que caben en ese contexto a través de la interpretación. Nada impide que la violencia a la que hace referencia el Código Penal abarque además de la física, la violencia psíquica o psicológica, pues no se opone a ello el sentido literal posible de la norma. Es perfectamente factible, por tanto, entender que en su seno caben las dos maneras como se muestra la violencia en nuestra sociedad: física y psicológica. La ley penal, como cualquier ley, debe ajustarse a la realidad social del tiempo en que le ha tocado vivir. Un ejemplo de ese ajuste lo ofrece la Ley que regula la violencia de género, la cual, en lo que aquí nos interesa, establece que este tipo de violencia comprende todo acto de violencia física y psicológica, incluidas las amenazas y las coacciones. Limitar, por tanto, a la vis física la violencia exigida en el delito de rebelión es tan erróneo como anacrónico.

En esta dirección se pronunció el Tribunal Superior de Justicia de Cataluña, quien señaló que bastaba para cometer el delito de rebelión estar dispuesto a la utilización de la violencia «en forma pública, patente o exteriorizada». Hay un dato, no introducido en la querella del Fiscal General del Estado sorprendentemente, y que es indiciario de la voluntad del Govern de haber usado la violencia si hubiera sido preciso. El Ministerio de Defensa, en diciembre de 2016, frenó por su elevado e inusual número la compra por la Generalitat de 850 subfusiles y fusiles de asalto y de precisión y 5,4 millones de cartuchos. Se pidió por el Ministerio de Defensa una explicación pero no hubo respuesta. Con el armamento que la Generalitat pretendía adquirir, se podía haber organizado y armado un regimiento de 2.000-3.000 efectivos o una compañía especial con pretensiones de ofrecer una resistencia urbana importante.

En la misma dirección avanza la jurisprudencia del Tribunal Superior de Justicia del País Vasco cuando señaló que el delito de rebelión también se comete cuando el empleo de la violencia constituye una amenaza seria y fundada de los alzados, de estar dispuestos a conseguir los fines indicados en la norma penal a todo trance, recurriendo inclusive si fuera preciso a la utilización del uso de la misma. Tal y como se desarrollaron los hechos protagonizados por el Govern de Catalunya, una parte del Parlament de Catalunya y varias asociaciones civiles, no cabe duda que esa amenaza existía. Hubo medios de comunicación, como La Vanguardia, que advirtieron en sus editoriales que existía un riesgo real de «guerra civil». Hubo políticos que se pronunciaron en el mismo sentido. Toda España vivió esa angustiosa sensación aquellos días. Ellos, parafraseando a W. Szimborska, insisten, sin embargo, en que con amabilidad mostraban la frente. Estaban alegres y se movían ágilmente en los salones. Uno saluda a aquél, aquel a otro felicitaba. Su rostro estaba sonriente para los objetivos, para reunir a mucha gente. ¿Es esto rebelión o sedición, oiga? Ellos dicen que sólo son buenas personas.


Francisco Soler
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La Ciencia Economía y el mito del Hombre Necesitado

Son muchos los pensadores, premodernos y modernos, que han mostrado que la sencillez, la mesura, la serenidad y la contemplación son atributos que adornan a toda persona madura, y que tales son los valores que han cultivado las comunidades en las que el respeto a cada persona ha brillado más que las conquistas y los monumentos. Dos breves ejemplos: a mitad del siglo XIX David Henry Thoreau lo expresó así en Walden (1854):

“…los más sabios siempre han vivido una vida más sencilla y austera que los pobres. Los antiguos filósofos chicos, hindúes, persas y griegos formaron una clase tan pobre en riquezas exteriores, y rica en interiores, como no ha habido otra.” 

Y ya en el XX Antoine de Saint-Exupéry dio a la misma idea más aliento poético en El pincipito (1943), a la par que refutaba, del modo más sencillo que conozco, la Ciencia Económica:

- Buenos días -dijo el principito
- Buenos días -dijo el mercader.
Era un mercader de píldoras especiales que aplacan la sed. Se toma una por semana y ya no se siente necesidad de beber.
- Por qué vendes eso? -dijo el principito.
- Es una gran economía de tiempo -dijo el mercader-.
Los expertos han hecho cálculos. Se ahorran cincuenta y tres minutos por semana.
- ¿Y qué se hace con esos cincuenta y tres minutos?
- Se hace lo que se quiere…
- Yo -se dijo el principito-, si tuviera cincuenta y tres minutos para gastar caminaría tranquilamente hacia una fuente…

Con todo, los economistas y los ministros, sean del partido que sean, continúan empeñados en seguir elevando nuestro nivel de vida, erradicar la pobreza (entendida como carencia material) y lograr para la humanidad entera (y para ellos) la opulencia material y confort ideales. Todas las autoridades económicas y la mayoría social global tienen claro qué es una vida buena: un buen nivel de vida, donde haya mucho que consumir y voracidad insaciable de cosas y entretenimiento. Así, vivir es consumir y estar entretenido, para lo cual hay que trabajar, argumento invertible: hay que consumir para seguir creando puestos de trabajo, pues ¿qué vida sería esa en la que no se pudiera trabajar para consumir para trabajar para consumir…? Es una necesidad; es la Necesidad: ¿acaso no somos los seres humanos animales necesitados? Efectivamente, la idea del “nivel de vida” tiene detrás, sustentándola, toda una antropología, una concepción del ser humano: un animal necesitado, aunque él mismo no lo crea y parezca que no se comporta en consecuencia.

Genealogía del mito

La noción de un ser humano universalmente necesitado es relativamente nueva en el acervo de ideas, creencias y mitos que han dotado de sentido a las culturas. Así lo enseña la historia comparada de las creencias y religiones. Comienza a madurar en el siglo XVIII, en el marco de una polémica entre ilustrados, los llamados mercantilistas, que argumentaron a favor y en contra de lo que llamaban “la utilidad de la pobreza”. El problema de fondo que animó el debate fue la “pereza”, desinterés y subsecuente abandono de sus empleos por muchos pobres a poco que se les conminaba a aumentar el tiempo o el esfuerzo en la tarea. Fueron decisivas en la discusión las aportaciones de Bernard de Mandeville (La fábula de las abejas, 1714) y de Adam Smith (La riqueza de las naciones, 1776). En el seno de esta polémica comenzó a especularse sobre las necesidades humanas, desde posiciones que buscaban el modo de suscitarlas contra la pereza y el absentismo, hasta las que creyeron ya en un hombre abstracto esencialmente necesitado y siempre propenso a intercambiar para satisfacer unas necesidades potencialmente infinitas. Así se figura al Hombre abstracto universal Adam Smith en su obra citada, decisiva para la Ciencia Económica, hasta el punto que tal Saber echa a andar con ese tratado, encomiado todavía hoy por su abundante discipulado.

Thomas Malthus, otro de los padres de la Economía, hizo suya la idea del Hombre universal necesitado en su Ensayo sobre el principio de la población (1798), e hizo alguna aportación importante: planteó que no solo cada hombre está en perenne necesidad, sino que la humanidad toda, desde siempre, ha estado en perpetua necesidad, porque una “ley natural” determina que la población crezca más que los alimentos. Ello conduce, aseguraba, a una inexorable guerra por los alimentos, que ganaban las clases superiores con su mayor previsión. En la versión malthusiana de la Necesidad, la guerra de todos contra todos, que Hobbes había explicado en base a una compleja inclinación del alma humana (que pretendía entender también la antieconómica tortura, o el suicidio), queda toscamente reducida a una animalesca (etológica) lucha por las cosas o “lucha por la existencia”. Esta misma tesis sería recogida cincuenta años después por Charles Darwin en El origen de las especies(1859), pero llevando al extremo el etologismo que ya sostuvo Malthus: la lucha por la existencia y la supervivencia de los mejor adaptados preside la evolución de todas las especies, la humana entre ellas.

Tenemos pues que la idea de un ser humano egoísta y acaparador, sobre la que edifica Smith su teoría del enriquecimiento de la comunidad, es extendida en las versiones posteriores de Malthus y Darwin, que conciben la historia de la vida y la historia humana como una perenne y siempre precaria huida de la Necesidad, que acecha sin fin. Esta concepción pesimista del ser humano y la humanidad alcanza en su circularidad argumental una apariencia imponente e incontrovertible: como la Necesidad preside la existencia, el egoísmo, la competencia, el afán acaparador y la lucha acometedora son impulsos positivos, un “instinto de especie”, lo mejor de la humanidad.

Marx ideó otro relato sobre la Necesidad, que contribuyó también al encumbramiento moderno de esta. Era buen conocedor de las filosofías antiguas, especialmente la griega, y creía que la humanidad persigue veladamente desde el principio la libertad. Y asimismo compartía que la libertad solo se logra cuando no hay necesidad. Hay pues, en Marx como en los antiguos, la convicción de que las facultades humanas más elevadas solo se alcanzan cuando la necesidad ha sido abolida. Sin embargo, la discrepancia de Marx con toda la sabiduría antigua, invocada por Thoreau, es radical en lo que refiere al camino para lograr abolirla: Marx pretendió que la necesidad solo sería superada tras su apoteosis histórica final en el límite de la opulencia saciada; los sabios antiguos fueron maestros en el arte del crecimiento interior soslayando, aquietando la necesidad. Estos enseñaron la sencillez e incluso la desposesión como vía a la libertad; Marx enseñó la saciedad opulenta extendida al conjunto de la humanidad como vía a la libertad. Eso es lo que significa la expresión “desarrollo de las fuerzas productivas”. Marx nos exhorta: desarrollad las necesidades viles y entregaos a ellas, pues de tal afán nacerá al final, paradójicamente (dialécticamente) la superior libertad. 

Todo el socialismo posterior ha venido siendo fiel a este núcleo del relato de Marx y ha comulgado con la idea de que la libertad será el resultado paradójico (dialéctico) de la apoteosis de la necesidad: el desarrollo de las fuerzas productivas y la elevación del consumo y “nivel de vida” son un medio, una travesía del desierto, necesaria para arribar al reino final de la libertad. La fórmula esencial del socialismo marxista podría expresarse sencillamente así: a la libertad por el yugo de la necesidad mediante el trabajo.

El mito consagrado

En fin, los padres de la modernidad, aunque con matices, celebran todos la Necesidad y sancionan la idea de un Hombre Necesitado Universal: la Necesidad espolea al Individuo (Smith), a la Humanidad (Malthus), a la especie humana (Darwin) a la Historia (Marx). La necesidad aguijonea, hostiga, inquieta, y por ello en su apariencia primera se muestra importuna, y adversa en sus efectos inmediatos. Pero, según este mito moderno del Hombre Necesitado, sería antieconómico e incluso inmoral desoírla: debe ser atendida para que espolee e impulse a adquirir más, a consumir más, a trabajar más, a producir más, para que cada quien y la humanidad prosigan en pos del Futuro definitivamente progresado de Crecimiento.

Este gran relato productivista ha perdido todo atractivo para las minorías intelectuales o artísticas, pero sigue nutriendo de sentido el orden institucional crecentista y alcanzando para la mayoría el grado de obvio y “natural”. Y permeando no poca teoría sociológica: toda aquella que asume acríticamente el concepto “nivel de vida” o “bienestar material”, dando por supuesto que pobreza y riqueza son, respectivamente, carencia o abundancia de cosas.

Heterodoxias

La tradición republicanista, las místicas oriental y occidental y las nuevas aportaciones del feminismo y el ecologismo no consagran la Necesidad: no comparten que una vida buena sea un buen nivel de vida; no creen que pobreza sea primera ni necesariamente carencia material o escasez de cosas, sino sometimiento y servidumbre; que, por ende, riqueza no es, o no es primordialmente, abundancia material, sino dominio; no creen que los bienes de la tierra sean fundamentalmente “recursos” para el fin superior de la Producción. Desde estas perspectivas, lo definitorio de una sociedad o comunidad política no es su opulencia material, ni aún lo mejor o peor repartida que esté, sino que las relaciones personales se asienten sobre el par dominante-dominado o, por el contrario, en una trama de paridad convivencial; si la autoridad es entre maestros y discípulos o, por el contrario, entre jefes y subordinados, amos y esclavos. Desde estas tradiciones, se cree que este mundo es más maravilloso que conveniente, más bello que útil (Thoreau); que una ocupación es útil si es hermosa y que lo esencial es invisible a los ojos e inconmensurable (Saint-Exupéry).

 Félix Talego 
Profesor de Antropología Social en la Universidad de Sevilla
http://ctxt.es/es/20171025/Firmas/15611/consumismo-saint-exupery-marx-darwing-ctxt-talego.htm

Aborto es sagrado



El título del post es uno de los lemas que escriben en sus cuerpos las integrantes del grupo Femen. La finalidad del mismo es convertirlo en un arma ilustrativa de la opción que defiendo. Quiero comenzar avanzando mi posición: yo no soy partidario de la interrupción del embarazo, pues cuando el individuo aún no ha nacido, no considero que sea igual a cero, sino que es potencia. Pero entiendo que esta que es una opción moral mía, producto de mis más convicciones religiosas e ideológicas, no convierte en ilegales e inmorales la de quienes mantienen una opción diferente. Y entiendo además que la moral no es divina, objetiva y absoluta, sino humana, subjetiva y relativa. No puedo suscribir por tanto una ley de interrupción del embarazo que no reconozca ni permita la disidencia en este asunto y condene a personas por tener una posición moral diferente.
A mí entender la interrupción del embarazo no es asunto de derechos subjetivos, sino que cae dentro del ámbito de las libertades. No es una cuestión referida al derecho a la vida, ni al derecho de la mujer a decidir sobre su propio cuerpo, ni una cuestión de derecho reproductivo ni al derecho a la felicidad. Se trata de una cuestión de ejercicio de la libertad de conciencia. Ambos conceptos –derechos y libertades− tienen un sentido preciso y diferente. El derecho subjetivo es el poder, la capacidad, que el ordenamiento jurídico concede a los individuos de poder exigir a terceros una conducta positiva o negativa de hacer o de no hacer; la libertad, sin embargo, es la capacidad del individuo para obrar según su propio criterio o voluntad, sin que les pueda ser impuesto el deseo de otros de manera coercitiva. El derecho es un poder otorgado, la libertad una potencia innata. 
La libertad de conciencia es tolerancia. Significa la contemplación del individuo por otros desde el exterior de su otredad. Es reconocimiento del otro, respeto por la diferencia y por la pluralidad. Es capacidad para comprender y para hacerse comprender. Es moderación y templanza. Reconocimiento y la tolerancia son la única posibilidad de convivencia. Y esta tolerancia debe ser también entendida en relación con quien en ese momento sólo es potencia. Pero la libertad de conciencia también es responsabilidad, en cuanto componente básico del comportamiento moral −que sólo responde a la moral propia− y surge de la cercanía con el otro. Y no hay mayor cercanía que la de la madre con el feto que lleva en su vientre.
Entendida la interrupción del embarazo como un ejercicio de la libertad de conciencia ésta abarca tanto la libertad psicológica o libertad de decisión, como la libertad moral o libertad de elección. El poder o capacidad de decisión sobre el embarazo así concebido la mujer lo tiene de manera originaria, es innata a ella, sin necesidad que le sea otorgado por otro. Desde esta concepción la interrupción del embarazo es el ejercicio de una potencia que ya se tiene, no el otorgamiento de una poder del que la mujer carece. En el ámbito ce la libertad de conciencia, por ello, la decisión de interrumpir el embarazo se mantiene en el ámbito interno de cada mujer, que reclama la no injerencia de terceros en la adopción de su decisión. Esta concepción de la interrupción del embarazo trae la decisión al ámbito de la democracia (libertad), sacándola del ámbito moral (derecho). Y ello sólo es posible con una ley de plazos. La desnormativización de la decisión contribuye, además, a disminuir la intensidad del conflicto.
La interrupción del embarazo concebida como un derecho subjetivo niega que la mujer tenga la soberanía para decidir sobre su embarazo que otorga la libertad. Significa, por el contrario, una capacidad que debe ser otorgada, autorizada, por otro. La mujer sólo tiene entonces un resto de ese poder, un poder decidir en los supuestos previamente autorizados para ejercer el derecho, no su derecho, de interrumpir el embarazo, con independencia de lo que le dicte su voluntad. Transforma una cuestión de conciencia en una cuestión de voluntad de otro.
Esta concepción coloca la decisión interruptiva en el ámbito de la moral, por lo que la cuestión se plantea como una lucha por la hegemonía entre dos concepciones morales opuestas. La decisión así adoptada es arrancada del ámbito íntimo de la mujer, para ser situada en el centro del ágora como objeto de debate moral −de una moral normativa concreta−, de debate político y de debate social. Y aboca inevitablemente en una contienda entre partidarios y opositores: unos reivindicando su derecho a que el Estado permita un hacer, un hacer concreto (abortar); otros reclamando que el Estado lo impida. Implica siempre la existencia de un perdedor. La autorización o prohibición del aborto –en definitiva de la libertad de conciencia de la mujer− queda entonces sujeta a la correlación de fuerzas que en cada momento exista en el Parlamento, convirtiéndose en un combate eterno, de cambiante resultado en función de aquella correlación, que conduce a una confrontación estéril y sin solución.
Una ley del aborto que se apruebe desde una concepción moral unívoca y restrictiva, como la del PP, que impide a las mujeres ejercer su libertad de conciencia, es un signo de intolerancia y de inmadurez democrática. Una ley así concebida considera a la mujer como un ser inferior necesitado de tutela, a la vez que establece la supremacía de una opción moral normativa, con la única autoridad y legitimación de los poderes institucionales que la sancionan y aplican. Además estigmatiza y decreta la separación moral de aquellas mujeres que adoptan tal decisión. Separación que se convierte además en distancia social. Una ley, como la aprobada, que nace desde una pretendida razón de defensa de la vida y enarbola como bandera la responsabilidad moral, no es más que un residuo irracional e inmoral que penaliza la vida y suprime la responsabilidad que dice defender. Una prueba de ello la proporciona su libertino y mentiroso título: ley de protección de la vida del concebido y de los derechos de la mujer embarazada.
El aborto es un asunto de estado, debido a las graves implicaciones y consecuencias que acarrea a las mujeres que deciden interrumpir su embarazo, que requiere un pacto institucional para evitar el vaivén pendular de la correlación de fuerzas existente en cada momento. Una sociedad democrática y ética, además, debe facilitar a las mujeres un contexto que le permita ejercer en libertad la decisión de interrumpir su embarazo, sin que éstas deban soportar los costes adicionales de criminalización, sufrimiento psíquico e incertidumbre que acarrea una legislación restrictiva o prohibicionista. La realidad social respecto a la mujer que decide interrumpir su embarazo debe ser un escenario suave, que la cuide en ese difícil trance y le ayude a restañar sus heridas, para lo cual debe existir una dotación de recursos económicos suficiente. Las mujeres necesitan cuidados, no que salven sus almas.


Francisco Soler

Distopía

Dibujo de Dylan Glynn «Utopia/dystopia»
 
Lo que estamos viendo es un golpe nacionalista propiciado por los bebedores de cava de Pedralbes, posiblemente la burguesía más racista de Europa junto con la austríaca, y con el agravante de usar como instrumento de su revolución a los nietos de los charnegos a los que explotan y desprecian. Es inaudito. Y por detrás, opinando a favor de no sabemos muy bien qué, una clac de izquierdistas de salón absolutamente ignorantes, que no han visto un obrero ni de lejos y que no han doblado el lomo en su dolce vita. Cuando los antifascistas no saben identificar al fascismo son como los bomberos de Ray Bradbury.
 
Se ha impuesto un modo de pensamiento mítico, opuesto frontalmente al pensamiento lógico; una suerte de neorromanticismo, absolutamente subjetivista y cargado de un absoluto culto al yo y al carácter nacional, o Volksgeist, frente al universalismo y la sociabilidad que subyacen en el Contrato Social que es la imperfecta CE de 1978. Los hechos no importan. Los mantras más repetidos son que todo pensamiento es respetable y que es obligatorio dialogar. Pero no todas las ideas son respetables. Ese respeto universal y acrítico, ese amor por todas las opciones, esa negativa a despreciar lo que no sirve, en el que de forma bienintencionada se posicionan amplios sectores de nuestra sociedad, viene bien recogido en un vocablo de origen griego: panfilia (de pan -todo-, y filia -amor-). 
 
Tampoco es posible dialogar en un marco en el que una de las partes opera absolutamente fuera de la lógica. ¿Qué frutos puede dar la conversación de un bioquímico y un homeópata? Pues en esas estamos, con más o menos la mitad de la población en Cataluña a favor de la homeopatía; serían sólo pánfilos si no trataran de obligar a los partidarios de la quimioterapia a usar la supuesta medicina que defienden. La aplicación de la coerción federal, del art. 155CE, es necesaria si el Estado quiere evitar que el golpe mute en revolución nacionalista, pero no creo que sea suficiente. La kermés del 1 de octubre dejó bien a la vista de quien lo quiera ver la existencia de una red clandestina funcional en todo el territorio catalán que garantiza la resistencia al Estado, que tiene el monopolio del uso legítimo de la violencia. Si se niega esa legitimidad, esos canales clandestinos podrían ser utilizados para armar a sujetos dispuestos a negarla por la vía de los hechos. Condiciones objetivas para el estallido de una guerra. Como ven, el 155 no es suficiente. 
 
La clase política, representa con total fidelidad la mugre de sociedad en la que ora flotamos, ora nos hundimos. Como decía Silvio, el problema de este país es que todo el mundo va a lo suyo, menos yo, que voy a lo mío. Quizás si, abandonando esa postura, se convocaran elecciones en España y en Cataluña al unísono, existiría la posibilidad de parar esta locura. Utopía.
 
Juan Luis Piqueras Merino
http://www.huelvainformacion.es/opinion/articulos/Distopia_0_1185781794.html