Diseño idiotizante.




Pareciera inalcanzable que en la España actual se asegurara la imparcialidad laica, la libertad de expresión y la libertad de religión, con las mismas garantías que ya estuvieron contempladas en una Constitución y una Enmienda de 1787 y 1791. En muchos países de la Europa avanzada y democrática, aún no se ha conseguido, en pleno siglo XXI, establecer los principios elementales de laicidad y separación entre Religión y Estado, que ya se redactaron en la Primera Enmienda a la Constitución de USA hace unos 225 años. En tiempos de las diez Enmiendas de la Carta de Derechos o Bill of Rights (ratificadas en 1791), hombres como Jefferson, Paine, Hamilton, etc., y la mayoría de representantes que las ratificaron, entendieron perfectamente que la imparcialidad del Estado era, precisamente, la mejor defensa de la libertad de las distintas creencias religiosas. La “Establishment Clause” o “Cláusula de Establecimiento” prohibía a los poderes del Estado mostrar preferencia por ninguna religión:

Congress shall make no law respecting an establishment of religion, or prohibiting the free exercise thereof; or abridging the freedom of speech, or of the press; (…)”

El Congreso no hará ley alguna por la que establezca una religión como oficial del Estado, o que prohíba practicarla libremente, o que coarte la libertad de palabra o de imprenta, (…)”

Es la mejor garantía para la libertad e igualdad entre distintas creencias, para el laicismo y la imparcialidad de los poderes públicos en cuestiones religiosas. Por desgracia, más de dos siglos después, diferentes grupos integristas, religiosos y retrógrados neocons, siguen amenazando fundamentos de la democracia y de la ciencia con sus perpetuas reacciones oscurantistas. No sólo se ramifican por diversas iglesias o movimientos ultraderechistas, sino también por los ámbitos de las seudociencias y espiritismos varios con los que comparten similares paradigmas e intereses convergentes.

En junio de 2008, el Gobernador de Louisiana Bobby Jindal firmó la Ley sobre la Enseñanza de la Ciencia, desoyendo los consejos de prestigiosas asociaciones científicas de Norteamérica -y los consejos del que había sido su profesor de genética en un curso preparatorio de Medicina, Arthur Landy- sobre la importancia de la evolución en biología y medicina o sobre el peligro de anteponer la “política” y la religión a la ciencia y a la educación. En apariencia, la ley es positiva e inofensiva: ordena al Consejo de Educación del Estado a “autorizar y ayudar a profesores, autoridades y otros administradores escolares para la creación y promoción de un entorno en las escuelas públicas primarias y secundarias destinado a impulsar el pensamiento crítico, el análisis lógico y los debates abiertos y objetivos sobre las teorías científicas que se estudien con el “apoyo y la guía a los profesores en cuanto a los métodos para facilitar a los alumnos la comprensión, el análisis, la crítica y la revisión objetiva de las teorías científicas que están estudiando”. Pero las apariencias engañan:

En primer lugar, es innecesario hacer una ley para “defender” algo que forma parte consustancial de todos los currículos escolares y de la enseñanza de las ciencias, ya que el pensamiento crítico, el análisis lógico y el debate abierto y objetivo son precisamente lo que caracteriza el desenvolvimiento continuo de la Ciencia y de la Educación en las sociedades democráticas modernas, a diferencia de los dogmatismos religiosos, el pensamiento mágico y el oscurantismo supersticioso que prefieren otros.

En segundo lugar, y fijándose en la letra pequeña, se descubre la trampa: la Ley se dirige de forma explícita a la evolución. No hay sorpresa. Estas leyes forman parte de las nuevas estratagemas de los lobbys creacionistas, cada vez más afinadas para intentar esquivar las sentencias de los tribunales (en aplicación de la excelente Primera Enmienda de 1791) contra el proselitismo religioso en las escuelas públicas. Los creacionistas del siglo XXI son tan retrógrados que quisieran saltarse leyes fundamentales en defensa del laicismo, que a finales del siglo XVIII defendió una burguesía mucho más progresista que ellos.

Los nuevos lemas del creacionista Discovery Institute o Instituto del Descubrimiento refuerzan esa estrategia del “repliegue” con eslóganes “super-enrollados”: “enseñar las controversias”, “análisis crítico” y “libertad académica”, entre otros. Estrategia del “repliegue” y de la “cuña” para introducir en los colegios públicos el Intelligent Design, que tiene como objetivo la erosión de la enseñanza científica de la evolución

Libertad académica”, sí, fue la consigna elegida en la primera mitad de 2008. de hecho, la Ley de Enseñanza de la Ciencia de Louisiana había nacido como Ley de Libertad Académica de Louisiana; otras disposiciones similares se promulgaron en Alabama, Florida, Missouri y Carolina del Sur, aunque ninguna entró en vigor. La libertad académica fue uno de los temas centrales en la primera película creacionista que llegó a las pantallas americanas (“Expulsado: No se Admite la Inteligencia”). La película describía la conspiración de la comunidad científica contra los defensores del creacionismo. El film resultó un fracaso de crítica y taquilla. ¿Y a qué viene tanto amor por la libertad académica por parte de grupos a los que les encanta adoctrinar? Pues viene por el deseo voraz de poder extender también a las escuelas públicas, sin que nadie pueda denunciarlos, sus ideas antievolucionistas. Necesitan que se permita a los educadores de su credo difundir dudas sin validez científica sobre le evolución.

Ciertamente, en el historial del enfrentamiento moderno entre creacionistas y evolucionistas en USA, la continua confirmación científica del hecho evolutivo y su aplastante dominio entre los investigadores de todas las ciencias naturales, unido a las derrotas legales de los creacionistas, han obligado a los lobbys creacionistas a modificar y readaptar sus estratagemas (aunque odien las adaptaciones darwinistas):

1º) En 1968 la Corte Suprema sentencia en el Caso Epperson contra Arkansas que las leyes que prohíben la enseñanza de la evolución en las escuelas públicas son inconstitucionales. A partir de entonces, y al no poder mantener el darwinismo fuera de las aulas de una enseñanza secundaria cada vez más universal (la educación secundaria ya no era elitista, y la educación científica se extendía a una inmensa clase media...), los creacionistas empezaron a readaptar astutamente sus estrategias: tenían que presentar el creacionismo, no con los garrulos argumentos de los fundamentalistas bíblicos más cerriles, sino dándole el barniz de una alternativa científicamente creíble. Lo denominaron “ciencia de la creación” o “creacionismo científico”.

2º) En la época de Ronald Reagan -la del rearme ideológico de tantos movimientos neocons, religiosos y pseudocientíficos (él mismo presi consultaba astrólogos con su Nancy para dirigir al mundo libre)- ya había 27 Estados de USA con una legislación que reclamaba un tiempo de enseñanza igual para la ciencia de la creación. Y al igual que en 2008, fue precisamente en Louisiana, el año 1981, donde se pretendía aprobar la Ley para el Tratamiento Equilibrado de la Ciencia de la Creación y la Ciencia de la Evolución en la Instrucción Pública. Por todo Estados Unidos estos creacionistas que medían sus palabras en las propuestas legales, difundían en cambio en la calle, sin pudor, un programa que aún no estaba muy afinado: inspirado en una interpretación literal del Génesis, el programa definía una ciencia de la creación según la cual el mundo había surgido ex nihilo (de la nada), hubo una inundación universal (diluvio), la Tierra es joven, y se rechazaba que los simios y los humanos tengamos antepasados comunes. En Arkansas llegó a aplicarse, pero en el resto del país fue pronto recurrido por inconstitucional ante los tribunales. Por ello, como en Louisiana aún no había sido aprobada, los partidarios del creacionismo la retocaron para evitar obstáculos legales: cambiaron “ciencia de la creación” por “pruebas científicas de la creación y las deducciones obtenidas de dichas pruebas científicas”. Pero a pesar de su estratagema de la imprecisión y a su permanente uso de la palabra “científica” no consiguieron que colara como una ley constitucional.

3º) En 1987 la Corte Suprema sentencia en el caso Edwuards contra Aguillard que la Ley para el Tratamiento Equilibrado de Louisiana infringe la Cláusula de Establecimiento de la Primera Enmienda a la Constitución USA, puesto que “respaldaba de manera intolerable la religión al exponer la creencia religiosa de que un ser sobrenatural creó la humanidad”. Pero el creacionismo supo adaptarse con prontitud para su supervivencia y su reproducción (o sea, que contradictoria y realmente es muy darwinista):

4º) El año 1989, en una de esas fábricas de ideas del ámbito cristiano, la Fundación para el Pensamiento y la Ética, se publicó un libro titulado Sobre pandas y personas, el primero que usa de forma sistemática el término “intelligent design” (“diseño inteligente”), como una alternativa a la evolución científica. Continuando con la estratagema de reducir y disimular cada vez más sus contenidos religiosos, el Intelligent Design declaraba no apoyarse en texto sagrado alguno ni apelar a lo sobrenatural; aunque según sus defensores, el Diseñador podría ser Dios, seres extraterrestres o biólogos celulares que viajen en el tiempo desde un lejano futuro. Y como sabían que la enseñanza del creacionismo en escuelas públicas era inconstitucional, rechazaban airadamente que el Diseño Inteligente se considerase una forma de creacionismo.

5º) Durante la añorada y maravillosa época del Presidente más inteligente de la historia de USA, la del segundo George Bush (más lúcido aún que Reagan), se aprobó una ley que entre sus intenciones de fondo escondía el deseo de facilitar la autonomía de los colegios e institutos de enseñanza, y así convertir en incontrolable la implantación de creencias de índole religiosa en los programas escolares. Es la Ley “No Child Left Behind” “Ningún Niño Se Quede Atrás”, que sentaba la importancia de los currículos escolares autónomos, el inevitable nuevo campo de batalla entre el creacionismo “I D” (IDiot, según sus críticos más burlones) y el evolucionismo científico:

6º) En 2005, en el juicio del caso Kitzmiller contra la escuela del distrito del área de Dover (Pennsylvania), se discutió una norma de ese distrito escolar que obligaba a leer en voz alta en el aula que “la evolución es una teoría… no una realidad”, que “la teoría tiene lagunas de las que no hay pruebas evidentes” y que el Diseño Inteligente tal y como aparecía en Sobre pandas y personas constituye una alternativa científica creíble a la selección natural. Once padres de familia se querellaron ante el tribunal federal del distrito, alegando que la norma era inconstitucional. Y tras un juicio que duró 40 días bíblicos, el juez dictaminó que la norma violaba la Cláusula de Establecimiento. Consideró que el Intelligent Design no era una teoría científica y que estaba vinculada a sus antecedentes creacionistas y, por tanto, religiosos. Una prueba decisiva fue la revelada por la filósofa Barbara Forrest, descubierta en un simple gazapo en el manuscrito del libro “Sobre pandas y personas”: demostraba que los editores habían reemplazado sistemáticamente “creacionismo” por “diseño inteligente”. Habían procedido a ese improvisado y sistemático intercambio de los términos a causa de la sentencia de 1987 de la Corte Suprema que declaraba inconstitucional la enseñanza del creacionismo en las escuelas públicas.

El gazapo era muy ilustrativo: la palabra “creationists” había sido sustituida de una manera incompleta por “design proponents”, dando lugar a la expresión “cdesign proponentsists” (que pasará a los anales de las estratagemas del oscurantismo).

La errata estaba en el manuscrito de Sobre pandas y personas en una frase que ponía

  • (…) can sustain life? Evolutionists think the former is correct, creationists accept the latter view. (…)”

Y que pasaba a convertirse en:

  • (…) can sustain life? Evolutionists think the former is correct, cdesign proponentsists accept the latter view. (…)”

En el juicio también quedó claro que el Diseño Inteligente constituía un fracaso científico: a pesar de que el distrito escolar llamó como experto y testigo a favor de la norma educativa creacionista al bioquímico Michael Behe (autor de La caja negra de Darwin, del año 1996, donde se sostenía que algunos fenómenos son “irreductiblemente complejos” y que el dispositivo rotatorio del flagelo de algunas bacterias es demasiado complejo para ser el resultado de un proceso paulatino, y que sólo es posible explicarlo mediante un paso único, una creación directa, que implica algún tipo de diseño), pues a pesar de todo Behe testificó en el juicio que no se había publicado en la literatura de investigación científica ningún artículo que describiera en detalle el modo en que se produjo el diseño inteligente de cualquier sistema biológico. Era palpable que esa “teoría” sólo apelaba a una intervención “sobrenatural” y por tanto, era de índole religiosa y no científica.

7º) Por ello, incapaces de demostrar la credibilidad científica de sus opiniones, los creacionistas continúan su estrategia del repliegue, para socavar la enseñanza de la evolución: exponer las polémicas científicas que atañen a la selección natural darwinista, pero callarse todo lo relativo a su propuesta alternativa. Como decíamos, la estrategia del Discovery Institute, la sede institucional del Diseño Inteligente, se ha replegado a una permanente erosión de la enseñanza de la evolución. Sus nuevos eslóganes son “enseñar las controversias”, “análisis crítico”, “libertad académica”, con el objetivo de ir extendiéndose por los consejos escolares (que con las nuevas leyes han adquirido más relevancia curricular). Aunque, la principal asociación defensora del concepto de libertad académica, la Asociación Norteamericana de Profesores Universitarios, recientemente ha reafirmado su oposición a la difusión de estrategias antievolucionistas como las de Louisiana en estos términos: “Tales esfuerzos van en contra del aplastante consenso científico sobre la evolución y no se compaginan con una comprensión correcta del significado de la libertad académica”.

Al igual que los obispos españoles, los creacionistas americanos no tienen suficiente con divulgar sus creencias en sus ámbitos propios, en sus parroquias, sus panfletos, sus colegios, sus fundaciones y universidades. Son voraces: quieren que en los centros públicos de enseñanza también se prediquen sus mitologías y se socave el pensamiento científico y la laicidad democrática. En España los obispos eligen a dedo a sus profesores de religión para los centros públicos de enseñanza y es el Estado el que les paga. Y por desgracia, aquí nadie va a emprender una reforma constitucional que nos permita tener una ley indispensable en cualquier sociedad realmente liberal: una como la de la Primera Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos, cuyo valor democrático y racional no hemos alcanzado en España 225 años después.



Por Juan Pablo Maldonado García

Las deudas ecológicas de la democracia moderna


El movimiento del 15-M ha puesto en evidencia la profunda deuda que han contraído las sociedades modernas con la democracia. A su vez, la democracia moderna tiene una deuda latente con la ecología política y con su lucha por extender la autonomía personal y la solidaridad colectiva en el espacio (solidaridad transnacional), en el tiempo (solidaridad transgeneracional) y al conjunto de la naturaleza (solidaridad biocéntrica e interespecie). Sobre todo, esta democracia no suele integrar en sus procesos algunos aspectos que, además de ampliar nuestros círculos de solidaridad, son centrales para la transición hacia una supervivencia civilizada de la especie humana: la cuestión de la autolimitación, la representación de los sin voz, la gobernanza glocal y la capacidad de responder a la urgencia ecológica.
En este artículo, no tengo ninguna intención de ser exhaustivo, ni de hallar la solución perfecta. Me ceñiré para cada reto a exponer pinceladas de diagnóstico y de propuestas que espero puedan ser de utilidad para todas aquellas personas inquietas y ansiosas de alternativas, tanto en las instituciones como en la calle.

La democracia de la autolimitación

Ante el carácter despilfarrador de las sociedades occidentales, principal causante de la crisis ecológica, uno de los factores decisivos es la autolimitación (Riechmann, 2008). Dicho de otra manera más institucional, la gestión global de la demanda es una prioridad, no solo en temas más aceptados como el agua o la energía sino también en todos los aspectos del consumo de masas: consumo de carne y pescado, emisiones de CO2, uso de recursos naturales (renovables y no renovables), espacio de tierra disponible, opulencia material aceptable… Por supuesto, establecer límites a nuestro consumo y distribuir los pedazos de naturaleza que nos corresponden según principios de justicia ambiental, y sobre todo de forma ordenada y asumida por todos y todas, plantea un reto de gran magnitud para la res publica.
Para no caer en tentaciones autoritarias —o, peor, ecofascistas— y asumiendo que un modelo descentralizado y participativo es la forma más eficiente de alcanzar el objetivo (Marcellesi: 2008, p6), es común leer en los movimientos ecologistas y transformadores que se decidirán de forma democrática las necesidades (básicas, sociales, instrumentales, etc) ajustadas a los límites ecológicos y a la equidad social. Sin embargo, es menos común encontrar propuestas concretas de cómo articular esta “democracia de las necesidades”. Y no son pocas las preguntas: ¿Quién define y cómo lo que es una necesidad colectiva? ¿Qué necesidades se ponen a debate? ¿Cómo se combina este debate con las libertades individuales, puesto que la satisfacción individual puede entrar en conflicto con las aspiraciones colectivas? Es por tanto importante definir procesos o herramientas democráticos que permitan hacer realidad lo que Riechmann llama la “autogestión colectiva de las necesidades y los medios para su satisfacción” (2008, p.54)
Alcanzar esta reconstrucción colectiva de nuestras necesidades, sin imposiciones, pasa primero por un proceso de reapropriación democrática de la riqueza donde planteamos abiertamente por qué, para qué, hasta dónde y cómo producimos y consumimos. En este sentido Viveret (2002), en un informe solicitado por el gobierno francés de la izquierda plural (1997-2002), animaba a organizar debates participativos a escala estatal, regional o local, sobre “la naturaleza de la riqueza, su cálculo y su circulación”. De hecho, la New Economics Foundation, quien promueve un cambio radical de norma en el trabajo al proponer la semana laboral de 21 horas, defiende una idea parecida: “un debate nacional acerca de cómo usamos, valoramos y distribuimos el trabajo y el tiempo” (Coote et al: 2010, p.38). Aunque no detallan cómo llevar a cabo esta propuesta, podemos encontrar algunas iniciativas llevadas de forma participativa en la práctica: desde las instituciones con la “Iniciativa Spiral” del Consejo de Europa, (1) desde los movimientos sociales, con el “Parlamento de la calle” en Québec que dio lugar al “producto interno suave” (2) o en el Sur, con el indicador de “buen vivir sostenible” para el Estado de Acre, uno de los más “pobres” de Brasil. (3)
Por su parte, las “iniciativas en Transición” (4) son también un movimiento que de forma genuina quiere compaginar límites del crecimiento con nuevas formas de democracia. Asumen como punto de partida que nuestras sociedades tienen que superar a la vez el cambio climático y el techo del petróleo, y buscan soluciones compartidas basadas en procesos comunitarios y deliberativos (a nivel de ciudad, de barrio, de escuela, etc). Aficionadas a metodologías dinamizadoras tipo World Café o Open Space, apuestan por la inclusión como valor central para ser capaz de sumar de forma pragmática a numerosas personas, colectivos, asociaciones, empresas e instituciones. A través también de herramientas de “democracia económica” como las monedas alternativas, los grupos de consumo o los bancos de tiempo, practican la autolimitación —sin necesariamente tener que mencionarla— desde la relocalización ecológica, solidaria y resiliente de la economía.

La democracia de los sin voz

Con el concepto de “sin voz”, me refiero a dos categorías principales que carecen de representación hoy día en nuestros sistemas democráticos establecidos: los seres humanos —que viven en tierras lejanas como en los países del Sur o que todavía no han nacido como las generaciones futuras—, y el resto de seres vivos y no vivos. De hecho, comparto la sorpresa de Bruno Latour que se pregunta ¿por qué “hemos pensado que la política (era) un asunto de humanos entre sí? Puesto que (…) siempre han interactuado humanos y no humanos y que la política siempre ha sido también una definición de cosmos.” (2010) Por lo cual, comparto a su vez la propuesta de Jorge Riechmann de “superar nuestro arrogante antropocentrismo y aprender a hablar (…) en nombre de las generaciones futuras, de las restantes especies vivas, de todos aquellos que no pueden participar en nuestros consejos o asambleas pero se ven sin embargo afectados por nuestras decisiones (2005, p.201).
Además, nos llegan desde el Sur propuestas en torno al sumak kawsay y los «derechos de la naturaleza» que revolucionan nuestra cosmopolítica moderna. Si, como lo dice la Constitución de la República de Ecuador del 2008, la «Pacha Mama (…) tiene derecho a que se respete integralmente su existencia y el mantenimiento y regeneración de sus ciclos vitales», eso implica que la naturaleza, y sus diferentes componentes, se convierten en sujeto político que de una forma u otra se tendrán que ir incorporando en nuestros procesos democráticos humanos. Dicho de otro modo, tenemos que contestar a la pregunta que ya hacía Barbara Ward en 1972: ¿quién defiende la Tierra?
Ante la actual máquina representativa silenciadora de los intereses de las generaciones futuras y de los no-humanos, encontramos primero dos propuestas que tienen en común la articulación de un sistema bicameral para ampliar los espacios de controversias y debates. Por una parte, Bourg y Whiteside plantean en su propuesta de “democracia ecológica” una “bioconstitución” donde se pondría en marcha el “Senado del futuro”. Este Senado encarnaría específica y exclusivamente los intereses largo placistas, y con integrantes elegidos en base a programas también largo placistas. Los autores introducen también en este panorama la presencia de las ONG ecologistas en órganos deliberativos de los poderes públicos (Bourg, Whiteside: 2009). De hecho, al igual que existe un diálogo social con los sindicatos, tampoco es descabellado imaginar por esta vía un “diálogo ecológico” con nuevos agentes que defienden el medio ambiente, generaciones futuras y/o poblaciones del Sur.
Por su parte, Latour propone completar el actual Congreso, el de los seres humanos y que llama “la cámara de los valores”, con un “Parlamento de las cosas”. En esta “cámara de los hechos”, estarían personas reconocidas por su competencia en un ámbito particular y que representarían las “cosas” (atún rojo, abejas, bosques, etc.), al igual que los diputados tradicionales representan hoy día la ciudadanía. Según Latour (2006), este parlamento “extiende a las cosas el privilegio de la representación, la discusión democrática y el derecho”, lo cual a primera vista casa con los avances en el Sur de los derechos de la naturaleza.
En paralelo a estas propuestas, también recojo aquí tres iniciativas que apuntan al mismo sentido y pienso son generalizables:
  • El Ombudsman del futuro: el defensor de las generaciones futuras ya existe por ejemplo en Hungría. Además de salvaguardar el derecho constitucional de las generaciones presentes a un medio ambiente sano, actúa como guardián de las generaciones futuras al abogar por la sostenibilidad en todas las leyes nacionales y locales relevantes y al fomentar la intervención de la sociedad civil en estos asuntos.(5)
  • El defensor de los animales: existe esta figura jurídica en el cantón de Zurich en Suiza que sin embargo, tras un referéndum federal, no se consiguió extender a todo el país.
  • Representantes del Sur en las asambleas del Norte: la red de municipios “Alianza del Clima” (6) otorga de forma estructural la vicepresidencia de su organización a representantes de las poblaciones indígenas de los bosques tropicales.

La democracia glocal

Desde su creación, los movimientos ecologistas lo tienen claro: hay que “pensar global y actuar local” acercando los procesos de deliberación y decisión a la ciudadanía para una mejor cogestión y distribución de nuestros recursos naturales. Al mismo tiempo y aunque esta articulación tardó en cuajar, la Cumbre de la Tierra de 1992 terminó de asentar un nuevo consenso mundial: solo podremos luchar de forma eficiente contra retos globales, como el calentamiento global, la perdida de biodiversidad, la deforestación, etc., con respuestas globales. Se establece de esta manera una danza dialéctica entre dos dinámicas complementarias desde abajo y desde arriba. La democracia de la glocalidad refuerza ambos espacios de participación locales y globales, garantizando una correcta articulación entre ambas dimensiones tanto desde las instituciones como desde los movimientos sociales.(7)
Mientras ampliamos la descentralización como herramienta para la construcción de comunidades y sociedades resilientes (disminución de la conectividad económica y energética global), la situación socio-ambiental mundial requiere de alianzas globales más allá del ecomunicipalismo (aumento de la conectividad democrática global). Asimismo, según el grupo Great Transformation Initiative, “la transformación mundial necesitará el despertar de un nuevo actor social: un amplio movimiento de ciudadanos del mundo que exprese una identidad supranacional y construya nuevas instituciones para una era planetaria” (2010, p3). Los Foros Sociales Mundiales desde 2001 (con sus altibajos sobre cuestiones ambientales), la movilización social en la cumbre sobre cambio climático de Copenhague en 2009, la Conferencia Mundial de los Pueblos sobre el Cambio Climático y los Derechos de la Madre Tierra en Cochabamba en 2010, la protesta planetaria del 15-O de los Indignados en 2011, son demostraciones de la facultad de la sociedad civil a ser un agente de cambio organizado en redes de redes a nivel supralocal, permitiendo un trasvase constante entre lo local y lo global y vice versa.
Por otro lado, tras el fracaso de la Cumbre de Copenhague, también es necesario repensar la estructura institucional mundial hacia un “marco deliberativo global”. Por ejemplo, retomemos una vieja reivindicación ecologista, además defendida por algunos gobiernos: la Organización Mundial del Medio Ambiente que tendría como objetivo, entre otras cosas, promover la participación social en relación con los conflictos ecológicos y los bienes comunes mundiales (por ejemplo a través de ONG internacionales y locales o de conferencias de consenso globales). Además, juntemos esta idea con el «Tribunal Internacional de Justicia Climática» propuesto por la Conferencia de Cochabamba en 2010. En paralelo demos un paso más hacia la democracia global con la creación de un “Parlamento mundial” que supere las actuales carencias de la Asamblea General de Naciones Unidas, instaurando una forma de proporcionalidad entre el peso político de un Estado y su número de escaños y llegando, ojalá aunque pueda sonar utópico, a organizar un escrutinio universal (Onesta, 2007).(8) A más corto-medio plazo, está sobre todo al alcance optar por una mayor integración europea, más allá de los Estados-Naciones poco aptos para responder a problemas transfronterizos o a la crisis de las deudas soberanas —profundamente relacionada con la crisis de la economía real-real (la de los flujos de materia y energía). Este federalismo europeo,(9) que espero pueda venir de un verdadero proceso constituyente europeo, no sería un nuevo romantismo supranacional sino una realidad regional de dimensión adaptada (dentro de la actual globalización económica) para impulsar otro modelo de producción y consumo (hacia la relocalización ecológica de la economía).

La democracia de la urgencia ecológica

Llegado a este punto, no podemos obviar una cuestión planteada por algunos autores ecologistas: ¿es compatible la urgencia de la crisis ecológica con los tiempos que implican la democracia de la autolimitación, de los sin voz y de la glocalidad? Es cierto que esta democracia descrita en el artículo supone procedimientos complejos y alargados en el tiempo para poder deliberar, debatir de forma contradictoria, (in)formar a la ciudadanía y articular a una multitud de redes y agentes con intereses múltiples a diferentes niveles locales, regionales y mundial. Asimismo, según Semal y Villalba (2010), existe una incapacidad intrínseca de los procesos deliberativos democráticos a integrar la urgencia en su percepción del tiempo. Es más: hay un ultimátum ecológico (reforzado por el cruce de las cuestiones climáticas y energéticas) y por tanto una “cuenta atrás” para tomar decisiones fundamentales, so pena de una desaparición brutal de cualquier ideal democrático.
Sin negar esta objeción, estas reflexiones se basan por un lado en la predominancia de un escenario de tipo “colapso” (10) y, por otro lado, tienden a favorecer una respuesta a través de una élite eco-ilustrada. Si bien estoy de acuerdo en que hay prisa en adoptar cambios estructurales y no queda casi margen de maniobra para equivocarse, la capacidad de aguante del sistema actual ante el derrumbe social y civilizacional (por encima, por ejemplo, de lo que predicaba el primer informe del Club de Roma en 1972) parece indicar que todavía es probable que exista una “ventana de sostenibilidad” para alcanzar reformas sustanciales y compatible con una transición democrática hacia una sostenibilidad solidaria local y global (que requeriría en torno a una generación). Dicho lo dicho, lo escrito no deja de ser una apuesta con cierta dosis de fe en el ser humano (al igual que los ecologistas del colapso aplican otros tipos de creencias, más pesimistas y hobbesianas, sobre la humanidad). Simplemente, tenemos que admitir que los escenarios de futuro no pueden ser pronosticados puesto que carecemos de una información completa sobre el estado actual del sistema, que no podemos prever la evolución de sistemas complejos turbulentos y que tampoco podemos anticipar las decisiones humanas futuras ante dichas evoluciones.
En conclusión, dentro de la democracia ecológica del siglo XXI marcada por la incertidumbre y la indeterminación, nuestra primera meta es poner todos los recursos para construir sociedades resilientes y cohesionadas preparadas a enfrentarse a cambios bruscos y a probables puntos de ruptura e inflexión. Mi apuesta es clara: no solo es deseable sino que es también posible desde una democracia radicalmente reformada desde la ecología.




Publicado en el nº42 de la Revista Ecología Política






Referencias:
Bourg, D. y Whiteside, K. (2009): Pour une démocratie écologique. Disponible en:
Coote Anna, Jane Franklin and Andrew Simms (2010): 21 horas: Por qué una semana laboral más corta puede ayudarnos a prosperar en el siglo XXI, New Economics Foundation. Disponible en castellano en http://www.ecopolitica.org/
Great Transition Initiative (2010): Imagine All the People: Hacia un movimiento de ciudadanos del mundo, en Visiones y caminos para un futuro lleno de esperanza, GTI.
Latour, B. (2006): “El Parlamento de las cosas”, la Vanguardia, 08.02.2006
Latour, B. (2010): “Remettre les non humains au coeur de la politique”. Ecorev, Invierno 2010, n34.
Marcellesi, F. (2008): Ecología política: génesis, teoría y praxis de la ideología verde, Bakeaz.
Onesta, Gérard (2007): “A European to a Wolrd Parliament” en The Case for global democracy, advocating a United Nations Parliamentary Assembly, Kauppi et al.
Semal, L. y Villalba, B. (2010): “Obsolescence de la durée et actualité du délai”. Ecorev, Invierno 2010, n34.
Riechmann, Jorge (2008): “¿Cómo cambiar hacia sociedades sostenibles? Reflexiones sobre biomímesis y autolimitación”, Democracia Ecológica. Formas y experiencias de participación en la crisis ambiental.
Riechmann, Jorge (2005): Un mundo vulnerable: ensayos sobre ecología, ética y tecnociencia, Los Libros de la Catarata, Madrid 2000
Viveret, Patrick (2002): Reconsidérer la richesse : rapport final de la mission “nouveaux facteurs de richesse”, Secrétariat d’Etat à l’économie solidaire, Paris
Notas:
(1) El Consejo de Europa impulsa en varias localidades europeas la elaboración participativa de indicadores de progreso y de bienestar compartido por todas las personas y agentes de un territorio. Más información: https://spiral.cws.coe.int/
(2) El Parlamento de la calle fue un ejercicio de democracia directa impulsado por movimientos de lucha contra la pobreza que interpeló la Asamblea Nacional de Québec. Como respuesta, el Primer Ministro quebequense creó un órgano llamado el “Cruce de los saberes”. De sus trabajos nació el indicador “producto interno suave”. Más información: http://www.produitinterieurdoux.org/
(3) El estado de Acre ha definido un indicador de “buen vivir sostenible” que tiene en cuenta su principal riqueza: el bosque amazónico. El proceso se ha llevado a cabo de forma participativa con economistas brasileños y la sociedad civil local —en primer lugar, los pueblos indígenas— y ha contado con el asesoramiento de una ONG y una universidad francesas. Más información: http://www.france-libertes.org/Creation-de-l-Indicateur-de-bien.html
(4) Más información en http://movimientotransicion.pbworks.com
(5) Más información: http://jno.hu/en/?&menu=intro
(6) Más información: http://www.klimabuendnis.org/
(7) La Great Initiative Transition propone de hecho una triple dinámica “Desde abajo: las responsabilidades deberán desplazarse hacia los niveles locales dentro del espíritu de subsidiariedad y participación. Desde arriba: las crecientes necesidades de gobernabilidad global desplazarán una parte mayor de la toma de decisiones al contexto internacional. Desde los lados, los negocios y la sociedad civil se convertirán en socios más activos de la gobernabilidad.” (Raskin et al. (2002): La Gran Transición: la promesa y la atracción del futuro, Instituto Ambiental de Estocolmo, p54).
(8) Incluso existe una campaña mundial para una Asamblea Parlamentaria en la ONU: http://es.unpacampaign.org/about/index.php
(9) Por ejemplo, los premios Nobel de economía del 2011 recomiendan que, para superar la crisis, Europa se dote de un presupuesto federal al igual que lo hizo Estados Unidos tras su independencia en 1776. Fuente: http://www.lemonde.fr/economie/article/2011/10/10/resoudre-la-crise-de-la-dette-un-jeu-d-enfant-pour-les-nobel-d-economie_1585401_3234.html
(10) Llamo colapso a un escenario de futuro donde los conflictos y las crisis entran en una espiral descontrolada y las instituciones se desploman.

¿Por qué tanto odio?




¿Por qué tanto odio? es una pequeña obra firmada por la prestigiosa historiadora del psicoanálisis Élisabeth Roudinesco, con traducción de Laura Fólica del título original Mais porquoi tant de haine?, y publicado en Buenos Aires (2011) dentro de la colección mirada atenta de Libros del Zorzal (www.delzorzal.com.ar). Se trata de un precipitado librito (128 páginas con letra de gran formato, a un precio de 11 euros) constituido en buena medida por materiales previos (como una entrevista) y artículos ajenos, y cuya razón de ser no es otra sino la de reaccionar contra el demoledor ensayo del filósofo Michel Onfray Freud. El crepúsculo de un ídolo (504 páginas y un precio de 22 euros) traducido por Horacio Pons del título original Le crépuscule d’une idole. L’affabulation freudienne, publicado por Santillana Ediciones Generales, en Madrid (2010), dentro de la colección Pensamiento de Taurus (www.editorialtaurus.com).

La breve recopilación de Roudinesco resulta asombrosa por varias razones: en primer lugar por el hecho de que una intelectual de su talla se haya dignado responder a un libro que califica de dañino “libelo delirante” (quizás por ello su réplica ha adquirido la modalidad de panfleto); en segundo lugar porque estando su librito plagado de feroces descalificaciones ad hominem, se permite juzgar con la sentencia de “odio en estado puro” al complejo y exhaustivo trabajo de su oponente; en tercer lugar porque una historiadora que se presenta como defensora del “verdadero debate crítico”, de la más eminente “comunidad académica” y de los “saberes constituidos”, no entra a refutar –y a veces, ni roza- las tesis, argumentos y pruebas esenciales del ensayo de Onfray, cuando cualquiera esperaría que Roudinesco pudiese contrarrestar, con gran facilidad, los argumentos deleznables del que según ella es un simple agitador incompetente.

Efectivamente, Élisabeth Roudinesco, abanderada –curiosamente- de una erudición rigurosa, apenas entra a rebatir las tesis del irreverente filósofo francés, a saber: el corpus freudiano no es una disciplina científica sino una “filosofía” subjetiva –muy influida por filósofos alemanes como Nietzsche- empapada de pensamiento mágico y mitológico (él, personalmente, creía en supersticiones y cábalas irracionales); el freudismo es profundamente idealista y anti-histórico, en el sentido de que según Freud las neurosis individuales no obedecen a la peculiaridad cerebral o a los condicionantes socioeconómicos de la realidad histórica de cada individuo, sino a la herencia -no se sabe mediante qué mecanismos- de ancestrales acontecimientos como el “asesinato del padre” que atraviesan épocas y lugares, inoculados como “pecados originales” en todos los inconscientes; Sigmund Freud quiso convertir íntimas obsesiones personales (como su infantil complejo de Edipo, piedra angular del psicoanálisis) en verdades universales para toda psique humana; los deseos y obsesiones de índole incestuosa que tuvo con las mujeres de su familia no quedaron en asuntos privados, sino que determinaron muchos de los rasgos esenciales del freudismo (por ello, el psicoanálisis a quien mejor explica es al propio Freud, pero no al resto de la humanidad); la elaboración de su doctrina y su metodología fueron erráticas y salpicadas de pifias, esas que se intentaron esconder con la destrucción de correspondencia, o con la aún vigente “clasificación” de muchos documentos; elaboró sus dogmas sobre el inconsciente a modo de sofismas cerrados a cualquier refutación (si el paciente niega una obsesión es que la padece como psicosis reprimida); algunas de sus antojadizas interpretaciones falocráticas (descifrando sueños, definiendo la traumática imperfección femenina envidiosa del pene...) son auténticos disparates; fracasó en la curación de sus acaudalados pacientes, incluso en aquellos casos paradigmáticos que él mismo publicó como prueba de sus éxitos; el único fruto terapéutico del diván deriva de su efecto placebo; el psicoanálisis freudiano, conservador a pesar de su apariencia, tomó partido contra el marxismo pero nunca contra el fascismo; etc.

No, Roudinesco no entra a rebatir ni esos ni otros argumentos y sólo contrapone razones a unos pocos asuntos secundarios: afirma que Onfray no usa correctamente las notas bibliográficas, que carece de autoridad académica y se equivoca en alguna referencia erudita, que calumnia a Freud al asegurar que mantuvo una relación adúltera con su cuñada Minna (aunque la autora acepta como posible una aventura breve), o que es falso que Freud simpatizara con el fascismo austriaco e italiano. Relativamente, se podría aceptar que la historiadora consigue matizar las aseveraciones del filósofo sobre alguna de esas cuestiones secundarias (no se puede demostrar que la relación con Minna se prolongara durante décadas), pero lo cierto –y mucho más importante- es que no desmonta ni las tesis ni las pruebas fundamentales del tratado sistemático de Onfray, con el agravante de que le lanza injurias (de pervertido, conspiranoico, endiosado, antisemita, ultraderechista...) mientras -aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid- tergiversa y ridiculiza su hedonismo ateo.

Por ello, creo que este libelo de Élisabeth Roudinesco -que si tuviese el mismo formato del libro de Michel Onfray no llegaría ni a las 50 páginas- es muy interesante por varios motivos: muestra la agresiva impotencia de cierto tipo de intelectualidad que en cualquier época ha reaccionado airada contra las certezas que erosionan sus intereses o la autoridad de sus doctrinas; enseña a diferenciar entre un trabajo apasionado, honesto, documentado y exhaustivo, de otro panfletario, disperso, sesgado y manipulador; posee la virtud inversa de captar nuevos lectores para su oponente (del que se puede destacar Tratado de ateología, publicado en España por Anagrama en 2006), refuerza las advertencias de Onfray sobre el sectarismo de los adeptos a la fabulación freudiana y deja la sensación de que el título ¿Por qué tanto odio? interroga a su propia autora.

Por Juan Pablo Maldonado García